Editorial

La vacuna de la prudencia

13.06.2020 | 00:52
Varias personas pasean por las calles de Pamplona con mascarilla.

Es ahora, en la fase final de la desescalada y a medida que aumenta la movilidad y las relaciones personales cuando se hace incluso más necesario extender y extremar la precaución y la higiene

el paulatino regreso a la actividad, su coincidencia con sendos brotes en los hospitales de zonas cercanas como la CAV –Basurto y Txagorritxu de contagio de SARS-CoV-2–, y la consecuente cautela por la que apostó Navarra en la esperada apertura de las mugas con comunidades limítrofes recetan una vacuna de prudencia ante los riesgos, inherentes a la pandemia, que persistirán durante los próximos meses. La presencia del coronavirus y su facilidad y velocidad de transmisión, aunque limitada por las restricciones en las relaciones sociales que podrían haber servido, a falta de confirmación científica, también para reducir su carga viral, es tan evidente como siguen mostrando las cifras globales de contagios y fallecidos (los primeros son más de 7 millones y las segundas superan las 400.000) y su mayor incidencia allí donde dichas restricciones han sido más laxas o menos prolongadas (una cuarta parte de casos y víctimas se contabilizan en Estados Unidos). Que en Navarra no se estén produciendo focos comunitarios – y conos datos diarios que confirman una situación estable y controlada–, de contagio cuando se acaban de cumplir dos meses desde que se reiniciara la actividad productiva en los sectores no esenciales, un mes desde que el 11 de mayo se entrase en la primera fase de desescalada y dieciocho días desde que esta se superó permitiendo el inicio de una todavía precaria normalización comercial y hostelera refleja en todo caso el acierto tanto de las medidas preventivas como del control del proceso, incluyendo la labor de rastreo de casos; pero de modo especial califica la plausible respuesta en cuanto a responsabilidad individual que viene proporcionando la sociedad navarra. Y es ahora, ya en la fase final de la desescalada y a medida que aumenta la movilidad y se amplían los círculos de las relaciones sociales y los contactos personales, cuando se hace incluso más necesario aún extender y hasta extremar la precaución y el sentido común como antídotos. No en vano, a la certeza de que los riesgos de rebrote seguirán siendo más reales que latentes mientras no se desarrolle un tratamiento eficaz frente a la covid-19 o un fármaco inmunizador frente al virus se une la presunción de que estos se acentúan si no se previene la inconsciente pero evitable relajación en los hábitos de higiene y distancia personal que conlleva su extensión en el tiempo.

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