La educación en el ámbito de la sexualidad no ha logrado desprenderse de los prejuicios ni de las cargas ideológicas heredadas de una sociedad con posos acumulados tras milenios de usos y costumbres muy ligados a la religión mal entendida y a la cerrazón plomiza. Tampoco ha logrado generalizarse como lo que es, una cuestión de salud pública, derechos humanos y bienestar social.

Esta realidad es incuestionable y origen de derivadas ligadas a un presente preocupante y a un futuro potencialmente perdido para determinadas generaciones inmersas en un ambiente digital con filtros etéreos que, a falta de recursos reglados, han accedido a la sexualidad a través de prácticas tan nocivas para una formación sana en edades tempranas como la pornografía. En este contexto, hay datos que deberían animar a las instituciones públicas a actuar con premura.

El último informe de Save the Children publicado esta semana que está a un paso de concluir es contundente. Dice que casi un tercio de los jóvenes en el Estado español considera los contenidos íntimos como una vía económica susceptible de ser utilizada. Sin entrar en otros debates aledaños, que los hay, la existencia de redes sociales que normalizan sin miramientos la publicación de contenido audiovisual propio de cariz pornográfico o erótico ha logrado entroncar con la percepción de parte de la juventud respecto a que las citadas plataformas de pago son un espacio naturalizado para ellos.

Desde luego, el problema no reside en la existencia de esos sitios, muy en boga y con millones de usuarios solo en el Estado, sino en la manera en que los menores comienzan a entender su propia sexualidad. El acceso sin restricciones a la pornografía en edades cada vez más tempranas, y lo que esta implica –con la cosificación del cuerpo de la mujer y con la generalización de prácticas que contradicen la misma libertad– ha moldeado un imaginario que presenta la intimidad como espectáculo y el cuerpo como moneda de cambio, combinación que desfigura la noción de consentimiento, autoestima y límites personales y obviando la percepción del riesgo que supone un ámbito con muchas derivadas indeseables. A falta de otras consideraciones, se antoja urgente la adopción de medidas de choque en materia de educación y sensibilización.