No salió un partido al uso; me refiero a lo que nos había acostumbrado Osasuna en las seis jornadas anteriores. Rescato dos escenas que, por insólitas, explican el comportamiento de los rojillos en este domingo atípico; por un lado, los gestos ostensibles de Rubén García, cuando el duelo no había consumido el primer cuarto de hora, pidiendo sosiego a sus compañeros, muy acelerados desde que comenzó a rodar el balón, corrigiendo posiciones y sin llegar a domesticar la pelota; por el otro lado, está la imagen de Sergio Herrera arrollando a Dimitrievski (a quien sumergió hasta el fondo de la red) en la última, desesperada y mal ejecutada (como todas las jugadas a balón parado ayer) acción del encuentro.
Me quedo con esas dos fotografías por puro contraste con lo que cabía esperar de los rojillos en Mestalla y a tenor de la elección del dibujo por parte de Lisci. Aunque quizá estuvo ahí, en esa segunda línea de ataque trazada por el entrenador y conformada por Víctor Muñoz, Rubén García y Raúl Moro, donde el equipo comenzó a parecer raro, sobre todo cuando tenían que acoplarse a la presión y al formato defensivo. Otro punto a tener en cuenta es la ausencia de Aimar Oroz como referencia a la hora de ordenar los movimientos de ataque. Sin esa figura capaz de llevar el tiempo del partido hubo un protagonismo enorme de Javi Galán en la primera parte, que encontró en sus carreras la colaboración de Raúl Moro, aunque todo lo que ambos fabricaron en ese carril izquierdo no encontró un final feliz. Por el otro costado, por el derecho, Víctor Muñoz pasó por la clase de Práctica y Desarrollo del Balompié y los apuntes que tomó en vivo (alguno lo llevará marcado en una pierna como la chuleta de un examen) le ayudará en adelante a pasar más de un parcial. En su duelo con Gayá, el veterano lateral zurdo, con menos velocidad y condición física, tiró de recursos, de alguna patada contundente al hueso y hasta de una pésima teatralización para sacar al chaval del partido. Creo recordar que no hubo ni una sola carrera en la que el pelirrojo desbordara a la zaga valencianista. Y eso es muy raro. A la orfandad de penetración por esa banda se sumó en la segunda parte un retraimiento por la acera de enfrente, de tal forma que en los pocos minutos de presencia que tuvo Kike Barja facturó más centros al área que sus compañeros en toda la tarde.
Osasuna puso muy pocos argumentos sobre la mesa para reclamar los tres puntos. Perdió el partido tras un saque de suelo de Sergio Herrera en el que el Valencia ganó la pelota y en tres toques Sadiq, que venció en la carrera a Herrando, se presentó ante el portero rojillo, que cometió penalti sobre el delantero. Fue el único error defensivo gordo en una tarde en la que el déficit estuvo en el ataque, sin ningún remate entre los tres palos, a pesar de terminar el partido con Budimir y Raúl García de Haro en el campo.
La serenidad que le faltó a Osasuna para marcar el ritmo del partido, para enseñorearse de su racha de 14 puntos de 18 posibles, para crecer en aspiraciones, le sobró al Valencia para congelar el juego durante la media hora final con las artimañas recogidas en el manual de resistencia: faltas, pérdidas de tiempo en los saques, simulación de lesiones… La guerra de nervios también la ganó el equipo local. ¿Quiere esto decir que el Valencia estuvo más metido en el partido? Yo no vi ni conformismo ni apatía en Osasuna, solo que jugó mal sus cartas ante un rival amenazado por el descenso y al que quizá habría que haber madurado sin darle, desde el minuto 1, la posibilidad de contraatacar y de palpar la vulnerabilidad de un equipo que daba la impresión de haber saltado al campo a pecho descubierto. Pero bueno, creo que es lo que se esperaba de Lisci, un fútbol de ida y vuelta con cuatro perfiles de delantero en el once inicial y dos carrileros muy largos. Pero un poco de control a veces no es renunciar a los principios.