Mestalla fue el escenario de una regresión en toda regla. Osasuna se empeñó en rescatar del baúl de los recuerdos aquel fútbol espeso y desdibujado del mes de noviembre, ese que nos dejó tiritando de frío futbolístico y dudas existenciales. No fue un accidente, fue un déjà vu con tintes de pesadilla: el equipo volvió a mutar en ese bloque plomizo y sin alma que parecía haber quedado atrás. Y la casualidad, que en este deporte suele llamarse dependencia, volvió a señalar al palco de los ausentes con una obviedad pasmosa. Porque, casualmente —o no—, este Osasuna que gripa el motor es el mismo que comparece sin Aimar Oroz al mando. Sin el mago de Arazuri, la luz se apaga y el equipo se queda a oscuras, repitiendo los mismos vicios que nos amargaron el otoño.
Se sabía que la baja por sanción del diez iba a escocer, pero nadie esperaba una dermatitis tan aguda. Osasuna fue en Valencia un equipo huérfano de ideas, un conjunto de once tipos voluntariosos que corrían detrás de la pelota como si fuera un objeto extraño y no el eje sobre el que debe girar su existencia. Faltó la pausa, faltó el giro de cuello. Faltó, en definitiva, fútbol.
El Valencia, que tampoco es que sea ahora mismo el Brasil del 70, se limitó a esperar a que Osasuna se enredara en su propia espesura. El gol local fue el castigo lógico a la nada. Un 1-0 que en el marcador tras un error concatenado en una salida de balón muy mala en la que a Herrando le coge Sadiq (un tipo que sería Balón de Oro si solo jugase contra Osasuna) la espalda y Sergio acaba haciéndole penalti.
En el centro del campo, la sala de máquinas trabajó a destajo, pero sin planos. Moncayola lo intentó, Torró sostuvo lo que pudo, pero faltaba el arquitecto. Ese que recibe de espaldas, esconde el cuero y decide que el ataque empieza ahora y por aquí. Sin Aimar, Osasuna es un equipo plano, previsible, un “quiero y no puedo” que se diluye conforme se acerca al área contraria. Budimir fue ayer un náufrago en una isla desierta esperando un mensaje en una botella que nunca llegó. Solo un poco con la entrada de Barja, quien en pocos minutos colocó unos cuantos balones al área.
Osasuna tal vez tenía que haber planteado un plan B. Tal vez haber cambiado más piezas desde el inicio para buscar otras variables. Ya fuese Iker Muñoz o Moi Gómez, jugadores que suelen provocar más peligro que Torró.