Se cumplen el próximo mes 46 años de la revolución islámica en Irán y estos días el país vuelve a representar un ejemplo trágico de las promesas traicionadas por el régimen de los ayatolás: una sociedad joven y formada, condenada a un modelo medieval sin perspectiva democrática bajo un régimen que responde a la crisis económica y el desencanto social con represión, cárcel y asesinato.
La represión sistemática no es un fenómeno del último brote de descontento. Mujeres y niñas lideraron en 2022 el grito de “Mujer, Vida, Libertad” tras el asesinato de Jina Mahsa Amini; la respuesta fue una maquinaria de castigo a manos de la misma ‘policía de la moral’ que la asesinó, tribunales de excepción, vigilancia digital y uso estratégico de las ejecuciones públicas para sembrar miedo –sin datos cerrados del año pasado, en 2024 fueron ejecutadas más de 900 personas–.
Teherán lo explica todo apelando a la “amenaza exterior”: el enemigo estadounidense, el complot israelí, la conspiración saudí. Esa retórica sirve de coartada para un poder teocrático que niega libertades básicas, aplasta minorías y llama “desorden” al deseo de disponer de derechos reconocidos. Pero el cinismo no es patrimonio exclusivo de Irán: su mera existencia como ogro regional es también excusa perfecta para que Washington blinden a otras autocracias vecinas, donde la misma moral discriminatoria y liberticida se tolera porque conviene a sus intereses estratégicos con la complicidad de Occidente.
Irán no está solo en su deriva autoritaria, pero sí destaca por la continuidad del abandono generacional: más de cuatro décadas han visto envejecer a sus jóvenes sin haber conocido una sola etapa de garantías democráticas, con la disidencia acosada. El relato del reformismo que el régimen usa para ganar tiempo no rebaja sus crímenes ni ha aportado ninguna solución que mejore la calidad de vida de su ciudadanía. La comunidad internacional tiene la obligación de romper este doble juego: denunciar la represión iraní sin convertirla en pretexto para más guerras ni para blanquear a otros verdugos en la región. Porque el derecho de las y los iraníes a una vida libre no puede seguir siendo moneda de cambio en ningún tablero geopolítico. No hay presión ética de sus enemigos ni de sus aliados –Ni EE.UU. ni China–; solo intereses confrontados.