La tragedia ferroviaria ocurrida en Adamuz (Córdoba), ha dejado ya decenas de muertos y heridos sin que se pueda dar por cerrado el balance de víctimas, en el que ya es uno de los accidentes más graves de la historia reciente del ferrocarril en el Estado. En paralelo al dolor y a la legítima exigencia de explicaciones, a la reclamación de una investigación exhaustiva y profesional que aporte respuestas, ha estallado otra deriva menos visible pero extremadamente dañina: la carrera por imponer un relato inmediato, de aprovechar el vacío de certezas para deslizar la conjetura y el bulo. Ese ruido no favorece ni a las víctimas ni a sus familias, ni a la necesaria empatía colectiva ante un duelo que debería ser compartido, no colonizado por la ansiedad de tener culpables antes que datos. No es un fenómeno inocente. Hasta este momento, lo único cierto es que la investigación técnica apenas ha empezado y que aún no se conocen las causas del descarrilamiento del tren de alta velocidad, pese a que algunos se empeñen en presentar como verdades cerradas lo que no son más que hipótesis interesadas.

Sin embargo, en redes sociales se han difundido ya imágenes generadas con inteligencia artificial, con marcas de agua visibles y errores burdos –como dos trenes Iryo chocando, cuando en realidad han colisionado un Iryo y un Alvia– vendidas como fotografías reales del siniestro y destinadas a crear desazón colectiva. También se asegura que Adif habría borrado tuits sobre incidencias previas en Adamuz, cuando las verificaciones muestran que ese presunto borrado no ha existido, y se han manipulado declaraciones sobre peticiones de reducción de velocidad para convertirlas en prueba de una negligencia. Por afán de notoriedad y la pulsión de ser el primero en ofrecer una “verdad” antes que los peritos o por la voluntad de generar desestructuración, desconfianza y miedo en la sociedad, hay quien busca rédito de un clima donde las emociones sustituyen a los hechos. Pero la exigencia de respuestas, comprensible y necesaria, debe hacerse desde la racionalidad, no desde la visceralidad. Frenar las especulaciones no significa renunciar a la crítica ni a la exigencia de responsabilidades; significa construir conclusiones sobre el único terreno que puede honrar a las víctimas y evitar otras nuevas: el de la verdad comprobada.