El sector primario en Navarra y Euskadi lleva tiempo acumulando señales de desgaste. No es una crisis puntual ni una mala racha, sino el resultado de años de presión sobre los precios, de una competencia cada vez más difícil de equilibrar y de un mercado que ha ido estrechando el margen de agricultores y ganaderos. Se habla cada vez más de soberanía alimentaria, pero el campo sigue trabajando condicionado por decisiones que se toman fuera y por reglas que rara vez le permiten competir en igualdad de condiciones. En este contexto, las ayudas públicas se han vuelto imprescindibles. No como un salvavidas coyuntural, sino como una herramienta para sostener la actividad y ganar tiempo. Navarra y la CAV han reforzado en los últimos años las líneas de apoyo al sector y las políticas orientadas al relevo generacional. En el caso navarro, el dato es claro: en la próxima década una parte muy relevante de quienes hoy sostienen el campo alcanzará la edad de jubilación. Sin fórmulas que faciliten la continuidad de las explotaciones, el riesgo de abandono es real.

El problema no es solo económico. El campo, a diferencia de la industria o de los servicios, no resulta atractivo para la mayoría de los jóvenes a la hora de decidir su formación y su futuro profesional. Más allá de las explotaciones familiares, son pocos los que dan el paso hacia una actividad exigente, con inversiones elevadas y una dedicación constante que no siempre garantiza estabilidad. Ante esta realidad, los sindicatos agrarios han empezado a acercar posiciones. Más allá de sus diferencias, el discurso converge en la defensa de una producción local y sostenible, el apoyo a las pequeñas explotaciones y la necesidad de un modelo que permita vivir del campo sin una carrera permanente a la baja en precios. En paralelo, gana peso el debate sobre la población inmigrante, cuya regularización e integración laboral se plantean como una oportunidad para garantizar mano de obra y fijar población. El futuro del campo va más allá del propio sector. Está ligado a la despoblación, a la supervivencia de los pueblos y al equilibrio territorial. También interpela a los consumidores, cuya apuesta -o no- por el producto local influye en la viabilidad de las explotaciones y en la calidad de lo que llega a la mesa, también en su salud. La próxima década será clave para decidir si el sector primario sigue siendo un pilar del territorio o continúa perdiendo peso hasta un punto difícil de revertir. l