La ofensiva verbal de Donald Trump contra el Gobierno español, convertida en amenaza de ruptura comercial por el veto al uso de Rota y Morón en la guerra contra Irán, no es solo un arrebato temperamental: es un síntoma de la descomposición del orden internacional y del vacío europeo ante una escalada que ya desestabiliza el Golfo Pérsico, el Mediterráneo Oriental y una economía global que debe soslayar un colapso energético. El Gobierno de Sánchez, a diferencia de los que amparan la fórmula de la agresión para descabalgar al régimen iraní, se acoge al derecho internacional y la Carta de Naciones Unidas, así como a la legalidad establecida en materia de uso de las bases compartidas con Estados Unidos en Rota y Morón. Pero también pone en evidencia la dificultad de Europa para hablar con una sola voz y ocupar un espacio diplomático de primer nivel en el nuevo marco diplomático internacional.
Existe un relato de los “valores europeos”, pero no una suma de agendas nacionales en su defensa. La escena de Donald Trump amenazando al Estado español mientras se reservaba el derecho de usar las bases “si quisiera”, junto a un silente canciller alemán, ilustra el problema. El canciller Merz viene siendo en el concierto europeo un discordante legitimador de los intereses del gobierno de Netanyahu a costa de la jurisdicción del Tribunal Penal Internacional que aspira a procesarle. En tanto calla ante la amenaza a un socio europeo –y el Estado español comparte su mismo marco jurídico y de derechos en la UE–, termina ejerciendo una forma de alineamiento.
También a la política española se le tambalean los principios éticos. La derecha corre a alinearse con la narrativa de la Casa Blanca, dispuesta a relativizar la legalidad internacional si con ello desgasta al Gobierno de Pedro Sánchez. Y una parte de la izquierda alimenta una doble vara que deslegitima su propio discurso pacifista. Sin una posición ética coherente –a la izquierda le costó reprobar sin ambages la invasión de Ucrania y a la derecha las matanzas en Palestina– contra cualquier bombardeo preventivo o castigo colectivo, venga de Moscú, Washington o Tel Aviv, las fuerzas políticas del Estado quedarán inmersas en un lamentable juego de cálculo y afinidades y reforzarán el modelo unilateral por adhesión o por omisión.