El restablecimiento del IVA de la energía eléctrica al 21 % desde ayer no deja de ser sintomático de una vulnerabilidad estructural en materia energética. La subida tributaria obedece a una mecánica normativa que elimina la rebaja del impuesto al moderarse los precios en los mercados mayoristas. Pero esta dinámica encierra un ciclo económico perverso que no debe hacer perder la perspectiva del problema de fondo: la dependencia. Un impacto geopolítico encarece el gas o el petróleo, disparando la inflación, ante la que el Gobierno español responde con rebajas impositivas de emergencia. Cuando la tormenta amaina y los precios de origen caen, los impuestos vuelven a su cauce ordinario. Pero de nuevo, esa restauración fiscal acaba impulsando el IPC que motivó su implantación: Facua calcula que la vuelta al 21% encarecerá la factura un 24%, sumando mecánicamente casi un punto a la inflación general.
El coste de la energía no debería oscilar perpetuamente entre la geopolítica exterior y los parches fiscales. La estabilidad, piedra angular para la competitividad del tejido productivo, debe lograrse por una vía estructural: el impulso adicional a la suficiencia generadora mediante fuentes propias. Aunque es loable que el Estado logre que las renovables superen el 56% de su generación eléctrica, no deja de ser un espejismo. La electricidad representa apenas una cuarta parte del consumo energético total y la dependencia energética global sigue anclada en un inasumible 68%. Casi siete de cada diez unidades de energía primaria que consume el Estado –fundamentalmente petróleo y gas importados para industria y transporte– provienen del exterior. Una economía que depende de importar casi el 70% de sus necesidades no está en condiciones de encarar las respuestas a emergencias con mensajes de soberanía energética. Resulta imprescindible acelerar la autonomía: no basta con más eólica o solar; urgen redes eficientes, sistemas de almacenamiento y una electrificación masiva de la demanda. La verdadera competitividad no va a llegar a base de ciclos cada vez más cortos, por insostenibles para la obtención de recursos con los que sufragar otras necesidades, de rebaja fiscal, sino sobre un suministro autóctono, predecible y de precio asequible. La retrasada transición energética.