La dimisión el lunes del laborista Keir Starmer como Primer Ministro ha coincidido con el décimo aniversario del referéndum que dio paso a la salida del Reino Unido de la Unión Europea. El Brexit se consolidó en 2020, y aunque sus consecuencias no han destruido Gran Bretaña ni han lastrado a la UE, sí ha dejado un duro rastro de desazón y agobio en ambas partes.
Una profunda crisis económica, social, política e institucional en el Reino Unido. Quien suceda a Starmer, posiblemente el también laborista Andy Burnham, ex alcalde de Manchester, será el séptimo en acceder al cargo en estos 10 años de Brexit.
Y también desasosiego e intranquilidad en una UE, que ha puesto en evidencia la crisis de valores e identidad que atraviesa, tanto en lo económico como en el político. La UE ha sido incapaz de hacer permanentes las soluciones eficaces que ha manejado en las crisis económicas, energéticas e inflacionistas. Contenidas éstas, han vuelto los intereses burocráticos y políticos de los dirigentes y las demandas de las élites financieras a activarse.
A Starmer le ha echado de Downing Street el descontento generalizado en sus propias filas por su gestión durante los dos últimos años tras el triunfo histórico del laborismo en las elecciones de 2024. No sólo ha tenido problemas para avanzar en las reformas que prometió (la falta de dinero es su principal argumento), sino que ha dado pasos que le han enfrentado con sus propios diputados y le han supuesto numerosas críticas desde la abultada derrota del laborismo en las elecciones locales y regionales de septiembre de 2025.
Pese a que se han reactivado los acercamientos y la colaboración entre la UE y el Reino Unido en cuestiones como Defensa, Migración o Seguridad, lo cierto es que el descontento y malestar crece en la sociedad británica y alimenta la ola reaccionaria que significa del partido ultraderechista y antimigración Reform UK de Nigel Farage, quien fuera uno de los impulsores del Brexit.
El sucesor de Starmer deberá abordar esas reformas que conllevan cambios estructurales, entre ellos el proceso de descentralización pendiente para el que deberá contar también con el SNP en Escocia y el Plaid Cymru en Gales, que aumentan el apoyo popular en sus territorios. No parece un reto fácil, porque la incertidumbre que inunda este tiempo tiene a Europa en su conjunto, también al Reino Unido, entre sus objetivos.