La conmemoración del 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos es una efeméride que trasciende con mucho las fronteras del país. La Declaración de Independencia proclamaba el derecho de un pueblo a gobernarse sin someterse a la voluntad de un monarca. Resulta paradójico que este aniversario llegue bajo la presidencia de Donald Trump, cuya forma de ejercer el poder ha introducido una concepción marcadamente autoritaria y personalista de la política, tensionando los contrapesos institucionales que han caracterizado al sistema estadounidense. La fractura interna es hoy uno de los principales desafíos del país. La polarización política y social alcanza niveles difíciles de recordar y amenaza con convertirse en un rasgo estructural de la vida pública estadounidense. El asalto al Capitolio de 2021 simbolizó hasta qué punto una parte de la sociedad estaba dispuesta a cuestionar los fundamentos del sistema democrático. Lejos de propiciar una etapa de reconciliación, el segundo mandato del presidente ha profundizado esa dinámica de confrontación permanente. En el escenario internacional, Estados Unidos continúa siendo la principal potencia global, pero su liderazgo ya no resulta incontestable.
China disputa abiertamente la supremacía económica, tecnológica y estratégica de Washington, ampliando su influencia en regiones de especial interés para Estados Unidos mediante una estrategia paciente y sostenida. Al mismo tiempo, las dificultades para gestionar conflictos internacionales y algunas decisiones de política exterior, como la guerra de Irán, han proyectado una imagen de imprevisibilidad que erosiona la autoridad internacional. Europa contempla este aniversario desde una perspectiva preocupante. Las relaciones transatlánticas atraviesan su momento más complejo desde el final de la Segunda Guerra Mundial. La imposición de aranceles, los desplantes diplomáticos y una concepción estrictamente transaccional de las alianzas han deteriorado una relación que constituyó uno de los pilares del orden occidental. Más aún, el respaldo explícito o implícito de Trump a fuerzas políticas que cuestionan el proyecto europeo ha incrementado la sensación de que Washington da su relación con Europa por amortizada. La cuestión es si Europa está dispuesta, 250 años después, a independizarse de Estados Unidos.