Del estado de alarma sanitaria al estado de alarma democrática

28.06.2020 | 01:53
Mesa de Redacción por Joseba Santamaria

la imagen de Ana Beltrán en el Congreso en un debate sobre la ilegalización de partidos respondiendo desde su escaño que si por ella fuera ilegalizaría todos –menos el suyo supongo, aunque no queda claro– es un seña de identidad real de la deriva en la que se ha situado la derecha española hoy. Muy lejos de las derechas democráticas de Europa y muy cerca de posiciones antidemocráticas y ultraderechistas. Beltrán, líder del PP de Navarra y muy cercana a Casado en la dirección, ya había protagonizado la chanza de las redes sociales unos días antes tras afirmar que la coalición Navarra Suma había ganado "prácticamente" la mayoría absoluta en las elecciones forales de 2019. En realidad, a Navarra Suma le faltaron decenas de miles de votos y seis escaños para esa mayoría absoluta. Tiene 20 de los 50 parlamentarios de la Cámara foral. Tampoco la lengua castellana, el significado de sus palabras, parece ser uno de los fuertes de Beltrán. Pero el beltranismo político, absurdo e ignorante, es sólo un pequeño síntoma de la crisis y estado de alarma democrática de la política española. Sobre todo de la política en Madrid. El estado de las instituciones no sólo no ha evolucionado a mejor, sino que ha ido profundizando en su decadencia. Solo en una semana, la sombra del terrorismo de los GAL ha vuelto a salpicar al expresidente González, al que sólo la ayuda de PSOE, PP y Vox le ha permitido despejar un poco el panorama sombrío que pesa en su mochila histórica. Los sectores más reaccionarios de la jerarquía católica se han instalado en las más absurdas y falsas teoría conspirativas aprovechando la crisis sanitaria de la covid-19 para atacar al Gobierno. La patronal CEOE llamando de nuevo a socializar sus perdidas y proteger sus privilegios: exigen más ERTE y más ayudas públicas al mismo tiempo que reclaman aún más bajadas de impuestos. Y la Monarquía deambulando entre el desprestigio y el desinterés social. Si las andanzas y corruptelas de Juan Carlos de Borbón no fueran ya suficiente para empañar la imagen de España en medio mundo, ahora sabemos que Felipe de Borbón y Letizia se largaron a un viaje de novios de unos meses pagado por un empresario. No fueron a donde dijeron entonces que fueron y utilizaron nombres encubiertos. La crisis iniciada en 2008 sigue activa y presente. Una crisis que es doble y profunda. En el ámbito económico se conjugan un desempleo insostenible, un déficit público creciente y oculto aún en buena parte, una deuda disparada, un sector financiero en riesgo constante, un modelo productivo falseado por la burbuja inmobiliaria y el ladrillazo y la dependencia turística y una política fiscal en la que el fraude ha sido presentado como un valor social. También un espacio político en el que la corrupción campa a sus anchas. Y una evidente falta de asunción de responsabilidades penales y políticas en casi todos los ámbitos públicos de la que se deriva la pérdida de credibilidad interior y exterior. Igualmente, alcanza a los altos tribunales de justicia sometidos al juego de los intereses políticos, familiares y corporativos. A los principales partidos políticos ridiculizados y devaluados por el descrédito ciudadano. Más tras la irrupción de la ultraderecha. Y a una parte de la jerarquía católica aún aferrada al rancio nacionalcatolicismo. Con otra crisis ya encima. Ese es el reto importante de verdad. Lo otro, simplemente para echar a correr si se pudiera.