Mesa de Redacción

Esperanza

01.01.2021 | 23:43

Por fin hemos mandado a tomar por el saco a 2020, año maldito donde los haya. Y lo hemos hecho casi en soledad, en casa con la familia, con tranquilidad y responsabilidad, impertérritos ante esta nueva normalidad que se ha cobrado 1,8 millones de muertes entre los 84 millones de contagiados en todo el mundo. Con poco jolgorio, mucho recogimiento y toda la esperanza del mundo en que la recién llegada vacuna suponga la derrota definitiva del virus allá por la época estival. También hemos estrenado año temerosos y expectantes ante las nuevas restricciones que –según todos los indicios– se avecinan en esta enésima ola cuya gravedad es preocupante. Sin bajar la guardia, pero añorando la algarabía habitual de estas fechas y con la ilusión de volver a salir a compartir alegría y jarana y dejar atrás esas desoladoras imágenes de las calles vacías a horas y en fechas en las que deberían estar rebosantes de felicidad y ahora sólo son escenario del silencio. El nuevo año debería dar carpetazo a la incertidumbre y sacarnos definitivamente del infierno. Arranca mucho peor que el pasado, pero todos tenemos la convicción de que terminará mucho mejor. Es la gran esperanza.

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