Después de años de restricciones, alarmas y mapas en rojo, los embalses vuelven a llenarse. Cabe preguntarse: ¿Problema resuelto?

Las abundantes lluvias que han caído este invierno en el Estado español disparan la capacidad de los embalses con un total de 43.000 hectómetros cúbicos de agua acumulada, iniciando el mes de febrero con las mayores reservas desde 1988. Desde el inicio del año, la reserva ha subido 25 puntos, pasando del 57% al 82,5%, según los últimos datos del Ministerio de Transición Ecológica. Las cifras vienen impulsadas por las lluvias que han traído las borrascas Marta y Leonardo, un total de 14.174 hectómetros cúbicos, récord histórico desde 1988 de aumento de la reserva de agua en los embalses.

En el caso de Navarra, desde que empezó el año 2026, ha llovido en la zona centro y norte de Navarra en torno al 80 por ciento de los días. Y la mitad de las jornadas si miramos a la Ribera. Cifras de litros caídos que superan la media para meses como enero y febrero y duplican al mismo periodo del año pasado.

Pero, tal y como los estudios científicos nos dicen, cada vez va a llover menos y hace más calor, mientras los regadíos –responsables del 80% del consumo de agua–, como ocurre en Navarra, no paran de expandirse.

Las lluvias de estas pasadas semanas suponen un alivio muy importante, pero la pregunta no es si la sequía ha terminado, sino si el modelo hídrico que se impulsa está preparado para lo que viene.

En muchos territorios en el Estado español, la demanda de agua está por encima de los recursos disponibles. De esta manera, no es posible acumular agua en periodos lluviosos para utilizarla en periodos secos. Así, los embalses no pueden guardar agua de un año para otro, y no funcionan como una reserva para afrontar futuras sequías.

Frente al incremento de las sequías hemos de adaptarnos reduciendo las demandas de agua, tanto agrarias como del resto de usos, y recuperando y protegiendo las fuentes naturales de agua (ríos, manantiales, acuíferos).

Lo que hay en este momento nos da un respiro, pero no soluciona la aridificación de los suelos, unas aguas subterráneas que bajan su capacidad a un ritmo alarmante y un regadío que puede ser mucho más eficiente pero que se tiene que adaptar a la emergencia climática en la que estamos.

Cada vez que llueve con intensidad, vuelve con renovado vigor una de las mentiras más tenaces de internet: que se tira el agua al mar en lugar de guardarla para consumo y riego. Este enero y febrero excepcionales, con paraguas como uniforme durante semanas, ha sido el caldo de cultivo perfecto para que el bulo inundara también las redes sociales.

Los partidos de derechas y ultraderecha españoles Partido Popular (PP) y Vox han vuelto a decir que es un auténtico desperdicio que los ríos lleven agua al mar, y que ese líquido debería almacenarse con más embalses para abastecer al sector del regadío y otras zonas deficitarias.

También hemos asistido a las teorías conspirativas en foros de la derecha y ultraderecha que afirman que en el Estado español se demolían embalses para agravar así la escasez de agua. La realidad es que lo que se ha desmontado son pequeñas barreras y azudes obsoletos y en desuso que están obstaculizando el curso de ríos como mandata la legislación europea, tal y como se está haciendo en Navarra, Gipuzkoa y Nueva Aquitania a través del proyecto europeo LIFE Kantuauribai.

La respuesta que dan los expertos es contundente y apela a algo que estudiamos en primaria: el ciclo del agua. “El agua tiene que llegar al mar. Así se completa el ciclo del agua que se estudia desde la escuela”, explica el doctor en Geografía y experto fluvial Alfredo Ollero. “La función de los ríos es llevar el agua del continente al mar y el mar necesita esa agua”.

Hablar de desperdicio, tirar, verter es “algo recurrente que denota una concepción del agua como recurso económico, como producto, e ignorando su importancia en ese ciclo y que está asentada científicamente desde hace siglos”.

La Fundación Nueva Cultura del Agua lo explica con precisión: “Resulta un tópico argumentar que cuando los ríos van crecidos el exceso de agua se va a perder en el mar. Las crecidas son necesarias y deben llegar al mar ya que aportan nutrientes que sirven como alimento en los ecosistemas costeros. Igualmente, las crecidas arrastran sedimentos que regeneran y mantienen de forma natural nuestras playas”.

El agua que vierten los ríos al mar no es un residuo: es el sostén de ecosistemas enteros. La reducción del caudal fluvial disminuye el aporte de arena a las playas, provoca la erosión de acantilados y destruye hábitats de las especies acuáticas. Privar a los ríos de su caudal natural equivale a condenar a muerte los ecosistemas de desembocadura. El caso del delta del Ebro es el ejemplo más dramático y cercano.

Quizá en los últimos años las dos palabras más repetidas en el escenario ambiental han sido “desarrollo sostenible”. Se trata de un concepto de gran difusión al que se invoca para referirse a la necesidad de dar solución a los problemas ambientales. Sin embargo, la utilización de estos dos términos es contradictoria. Basar el desarrollo sostenible en modelos en modelos de crecimiento “sostenibles” es muy engañoso. No todo crecimiento es progreso. En este sentido, no todo el crecimiento urbanístico ha significado progreso al igual que no todo el crecimiento del regadío ha significado ni significará progreso para las áreas rurales y para la sociedad en general.

En realidad, estamos inmersos en un modelo de desarrollo que conlleva unas pautas de consumo y degradación de los recursos naturales insostenibles que deben ser contrarrestados desde apuestas por el decrecimiento.

El autor es presidente de la Fundación Clima y Premio Nacional de Medio Ambiente