En las últimas semanas son muchas las voces, también algún proyecto, que claman por la unidad de la izquierda. Sin embargo, la mayoría de las veces es un clamor vacuo, sin contenido suficiente, apoyado en una única razón y un único objetivo: la reacción frente al fascismo. A nuestro entender, no se trata únicamente de reaccionar ante el fascismo, se trata de hacerle frente, de prevenirlo, de impedir que encuentre terreno fértil.
El fascismo no comienza con dictaduras, comienza cuando el miedo social es convertido en arma política. Es una herramienta del capitalismo que surge cuando el sistema entra en crisis y las élites necesitan conservar su poder a cualquier precio. No apareció por casualidad en la Europa del siglo XX. Fue la respuesta violenta del orden existente frente al avance de las luchas obreras y populares como demostraron, por ejemplo, los regímenes de Benito Mussolini (subsidiado y financiado por los grandes terratenientes de la región de Emilia, el grupo siderúrgico ILVA, etcétera), Adolf Hitler (auspiciado por grandes industriales como Borsig, Stinnes y Thyssen) o Franco (aupado y respaldado por Juan March, la alta burguesía y los terratenientes). Hoy, bajo nuevas formas y circunstancias, esa misma lógica vuelve a manifestarse.
Unidad en la izquierda
Desde una perspectiva de izquierda alternativa real, el antifascismo no puede reducirse a una consigna moral ni a una postura simbólica. Es una tarea política concreta que implica comprender las raíces materiales del fenómeno y actuar para transformarlas. La raíz del fascismo está en el sistema.
Fascismo y crisis del sistema
Tal como señalaron Marx y Engels, el sistema capitalista es cíclico y produce crisis periódicas que intensifican las desigualdades y generan inestabilidad política. En esos momentos el sistema necesita mecanismos de control más duros para sostenerse. El fascismo cumple esa función, reorganiza el descontento social mediante el nacionalismo excluyente, la represión y la destrucción de las organizaciones populares para dirigirlo contra sectores vulnerables en lugar de contra las estructuras de poder económico. El fascismo no es simple extremismo y combatirlo exige algo más profundo que la defensa abstracta de la democracia liberal: requiere disputar el poder económico y cultural que permite su aparición. Por eso el antifascismo que no cuestiona el sistema que lo produce es insuficiente.
La batalla cultural y la organización popular
Gramsci explicó que el poder no se sostiene solo por la fuerza sino más bien por la hegemonía cultural. La izquierda pierde terreno cuando abandona la organización cotidiana y se limita a la gestión institucional. Una izquierda que solo administra crisis deja intactas las condiciones que permiten el crecimiento del autoritarismo. Cuando la política se reduce a gestionar lo existente, el fascismo aparece ofreciendo respuestas simples a problemas estructurales. El fascismo se alimenta del descontento social, de la frustración económica y de narrativas (fake, bulos) que canalizan ese malestar contra minorías o sectores vulnerables. El fascismo avanza cuando logra convertir la frustración social en odio organizado.
Por otro lado, Rosa Luxemburg defendió que la emancipación social no puede delegarse, debe construirse desde la participación activa de las masas. Así pues, para una izquierda militante esto implica reconstruir tejido social, fortalecer organizaciones populares y generar espacios donde la solidaridad sustituya al odio como forma de interpretar la realidad. El antifascismo, entonces, no es solo resistencia, es construcción de poder democrático desde abajo.
Es preciso, por lo tanto, construir poder popular. Para ello son necesarias las organizaciones de izquierdas con verdadera vocación transformadora porque poseen, en mayor o menor medida, estructuras para promover la conciencia social y política así como la movilización. Cierto es que en los últimos 12-14 años han nacido nuevas organizaciones buscando una alternativa al escenario político de la izquierda. En algunos casos a la contra, con escisiones o nutridas con las filas de organizaciones de izquierdas más antiguas. Esto ha conllevado peleas intestinas por la hegemonía. La prioridad, lo que ha de unir en la izquierda ha de ser un proyecto político transformador y la lealtad y el compromiso con el mismo. Esto no va ni de mesías ni de sillones ni de oportunismos.
Antifascismo como proyecto de transformación
Cuando la izquierda renuncia a transformar las condiciones materiales que generan precariedad y desigualdad, deja espacio para que el discurso autoritario avance. El fascismo crece allí donde la desesperanza sustituye a la organización. Por eso, un antifascismo real debe ser también un proyecto social alternativo: defensa de los derechos sociales, democratización económica, fortalecimiento de lo público, organización colectiva frente al individualismo competitivo...
Desde una izquierda rupturista, combatir el fascismo significa algo más profundo que oponerse a determinados partidos o discursos, significa construir una sociedad donde el miedo, la exclusión y la desigualdad no puedan convertirse en herramientas de poder. Porque allí donde existe justicia social organizada, el fascismo pierde su principal combustible.
Solidaridad, Igualdad, Libertad
Éstas deben ser las consignas, principios y objetivos de la izquierda transformadora. Pero una libertad real, no la de Ayuso, no la que da el dinero que es libertad para el rico, para el empresario y sometimiento para el trabajador y el desafortunado. Una libertad auténtica que es fruto de esa solidaridad que prioriza la cooperación sobre la competitividad y combate el mirarse al ombligo del liberalismo que nos divide y debilita. Una libertad fruto de la igualdad de oportunidades que deviene de la equidad y promueve la justicia social. Aquí ha de converger la izquierda real.
La unidad de la izquierda, entonces, no debe darse simplemente en una izquierda reaccionaria sino en la izquierda transformadora, alternativa, rupturista, revolucionaria en su sentido cultural.
Firman este artículo: Marisa De Simón, Cristina Láinez, José Antonio Mancho, José Miguel Nuin e Ignacio Rodríguez En representación del Foro Mercedes Colas ‘Porota’