Hace ya muchos años que la Semana Santa tiene de santa poco más que su denominación. Hay que ser muy mayor y tener muy buena memoria para recordar aquellos tiempos en los que en Jueves Santo sólo había medio día de fiesta y el Viernes era un día de recogimiento que asustaba. Cerraban hasta los bares y en la calle se respiraba un ambiente de sobrecogimiento general. Lo que se llevaba era poner cara de funeral. No en vano se conmemoraba la muerte de Jesucristo y las procesiones daban cierto canguelo. De aquello ya sólo quedan las imágenes del NO-DO. Las de aquel noticiero cinematográfico obligatorio en los cines españoles entre 1943 y 1981, que utilizaba la dictadura como principal instrumento de propaganda del régimen.
No estaría de más que todo esto se lo expliquemos a aquellos jóvenes –en torno al 20% según algunas encuestas– que tienen una valoración positiva del franquismo. Una consideración que solo puede entenderse desde el desconocimiento histórico y la idealización de un régimen que no vivieron, y que quizá tenga encaje solo en mentes estropeadas. En todo caso, incluso quienes añoran al dictador viven la Semana Santa de forma laica y su comportamiento en las procesiones se asemeja al que se tiene cuando asisten a una representación teatral. Nada que ver con aquel silencio sepulcral que acompañaba a los pasos y que quien lo rompía tenía serio riesgo de sufrir las consecuencias con el cirio de algún mozorro.