Uno quiere creer en el sistema, pero hay semanas que, la verdad, lo ponen muy difícil. La sucesión de acontecimientos de los últimos días, entre decepcionantes, turbios y disparatados, convierten por momentos la política estatal en algo muy diferente de lo que debería ser, un instrumento para mejorar la vida de la ciudadanía. A la imputación de Zapatero, que convirtió el lobby –hace bien Navarra en legislar sobre ello– en una vía de ingresos muy lucrativa, veremos si en un delito de tráfico de influencias, le ha seguido una nueva entrada de la UCO en Ferraz, a propósito de una trama de diseño chusco, con registro del domicilio de Santos Cerdán incluido.

Todo ello, casualmente, mientras se celebra el juicio de la Kitchen, que salpica de lleno al Gobierno de Mariano Rajoy, tumbado en 2018 por su propia corrupción y cuyo ministro de Hacienda, Cristobal Montoro, está imputado nada menos que por haber creado una red de influencias dedicada a modificar leyes a cambio de recibir pagos de empresas. Un hedor continuo y extendido. La codicia del nunca es suficiente, ¿se acuerdan del emérito?, el papel poco claro de los expresidentes del Gobierno, que renuncian uno detrás de otro a su puesto en el Consejo de Estado, porque 130.000 euros al año les parece poco. Demasiadas incompatibilidades para quien tiene tanta influencia que capitalizar. El que pueda hacer que haga. Una niebla que impide distinguir lo verdadero de los falso.

Un mundo a ratos enloquecido, con un presidente de Estados Unidos que ha hecho del cargo su gran negocio particular y donde ha tenido que ser el Papa quien haya señalado con lucidez el riesgo enorme que supone para la humanidad que la inteligencia artificial y su inmenso poder sean controlados por unos pocos. Que el resto nos veamos reducidos a simples datos sin rostro y de escaso valor. Siempre hay motivos para ser optimista, claro, yo lo soy, pero hay semanas, ya digo, que lo ponen difícil.