Hay horrores que nunca se agotan, que siempre admiten y que incluso necesitan de una nueva revisión, una mirada desde otro ángulo que nos muestre aquello que todavía, pese al discurrir de los años, permanece entre sombras. Phillipe Sands, un abogado londinense, lo demostró hace años en Calle Este-Oeste, un apasionante recorrido por las biografías de quienes acuñaron los términos de genocidio y crímenes contra la humanidad a propósito del holocausto.
Su libro, como los otros dos que le han seguido, muy buenos, pero no tanto, se mueven entre la literatura, el ensayo, la investigación y la novela de aventuras. Y son también periodismo. Como lo es el que hace Leila Guerriero en su maravillosa La llamada, donde se cuenta la historia asombrosa de Silvia Labayru, secuestrada, torturada y utilizada como juguete sexual por un matrimonio de militares durante la salvaje dictadura argentina de Videla y sus compinches.
Como nada es gratis, por cierto, a Labayru le impidieron hace solo unos días entrar a Estados Unidos. Jesús Barcos regresaba el lunes en estas mismas páginas a la argentina enloquecida de 1976 con su entrevista a la tafallesa Mariví Espronceda, represaliada y torturada, amenazada con ser arrojada al Paraná desde un avión militar. Porque los horrores, lo que el mal hace a las personas y cómo las cambia y las moldea, tienen que ser contados. Todos.