Mariví Espronceda (Tafalla, 1951) puede contarlo medio siglo después, a pesar de haber sufrido la brutalidad de la dictadura argentina. Coincidiendo con el 50 aniversario del golpe militar, ha aceptado relatar para DIARIO DE NOTICIAS su detención en un complejo policial en el centro de Rosario.

Mariví fue a Argentina siendo bebé. Habla con simpatía, ironía y decisión, y con la carga emocional de una experiencia como aquella. Sigue sintiéndose de Rosario, la ciudad donde residió y a la que no regresó hasta 2022. De su relato se extrae y se intuye lo que fue la represión policial y militar en ese país.

Le prometió a su madre que no haría público esto en vida de ella.

–Así me lo pidió, y le dije que si contarlo le iba a molestar o hacerle sentirse mal eso estaba saldado.

¿Por qué esa petición?

–Por estupideces de antes, era como una vergüenza, en qué andaría yo metida...

¿Piensa en el cautiverio que sufrió?

–Siempre. Mi hijo y mi marido me dicen que eso ya pasó y que lo tengo que dejar, pero poder...

Acababa de estallar el golpe.

–Dos días antes. Estuve muchos años con la juventud peronista, pero no era de los montoneros. Me detuvieron el 26 de marzo de 1976. Fueron a saco, estos fueron nazis, a unos niveles horribles, de verdad. Nosotros éramos los primeros (detenidos) y a veces pienso que eso nos salvó, porque cada vez fueron más hijos de puta, con más sangre, torturas y violaciones.

“Fuimos los primeros detenidos, quizás eso nos salvó. Los golpistas fueron cada vez más hijos de puta, torturadores y violadores”

Salía de clase.

–Estaba en Economía, vi un operativo, quise pasar y no me dejaron, tenía una habitación al lado. Y a hostias fuimos a la casa. Al entrar me encapucharon y esposaron. Ya le estaban dando muchas hostias a Roberto, tirado en el suelo, a Susana... (compañeros de piso).

¿De qué les acusaban?

–No, no, era Argentina... Me mareé. Alguien me agarró la muñeca, me estuvo palpando y dijo: A esta no me la tocan, que es cosa mía. Esa frase la tengo grabada.

Y les sacaron de ahí.

–Me pusieron en el suelo de un Falcon (el automóvil), con dos tíos con botas gordotas de milicos encima dándome ‘masajitos’.

Con la mente procesando el miedo.

–Te aceleras; o lo haces o mueres. Tienes que acelerar para poder calmarte. Sabes que cuanto peor te pongas peor te van a dar. Tenía la certeza de que me iba a violar el hijo puta ese; el de esta no me la tocan; si era el mando sería solo uno...

Pensaba eso antes de llegar al centro de detención...

–Claro, lo habitual. Que me iban a violar, torturar... es todo el mismo círculo. Subimos unas escaleras y nos tiraron al suelo. Me mostraron una maleta mía que la habían llenado de armas, granadas y de todo. y yo cuando vi eso pensé: Mariví te la has cargado. Todo era mentira, pero daba igual que hubiese dicho que era el papa de Roma. Trataba de que aquellos tíos no vieran que estaba hecha una mierda o cagándome. Roberto era un echado p’alante y lo torturaron desde el minuto cero. Mucho, mucho. Fue muy duro. A mí no me torturaron en una cama como amigas mías. Fue una cosa muy rara. A (Agustín) Feced le gustaba mucho torturar. Era un psicópata absoluto.

A usted de momento le pusieron contra una pared.

–Encapuchada, y cada uno que pasaba me daba una hostia, hasta que escuché el grito de un individuo: ¡Que no la toquen!

La misma voz que antes.

–Me llevó a otra habitación que era como una jaula, y me preguntó si fumaba. Me levantó un poquico la capucha y me fue poniendo en la boca el cigarro. Todos los días venía con dos o tres cigarrillos.

“Roberto, un compañero de piso, era un echado p’alante y lo torturaron desde el minuto cero. Mucho, mucho. Fue muy duro”

¿Cuál era su espacio de detención?

–Los detenidos estábamos en un círculo. Nos tenían tirados en el suelo, sin comer ni beber. Día y noche, meándote encima. Tampoco te meabas mucho porque no bebías nada.

¿Y les acosaban?

–A mí solo dos veces. Aparte de los puñetazos, una vez me pusieron contra la pared con una cadena de barco. Y me decían: No sabemos si te vamos a tirar al Paraná o te pegamos un tiro. ¿Qué hacemos? Y si hablabas te daban de hostias. Vamos a por los dos, si nos la cargamos al Paraná. Y empezaron con la pistola.

Qué sadismo.

–Apareció el ‘ángel de la muerte’, que era el que me protegía. ¡¡¡Que no la toquen!!! Y empezó a dar de hostias a los otros. Me asustaba que el día que no estuviera me hiciesen papilla.

¿Ese ‘ángel de la muerte’ vive?

–No, se murió, y yo lloré. Me dio rabia, porque necesitaba hablar con él. Se lo juro.

Para preguntarle...

–El por qué. Por qué yo (...) Mire, este era (muestra una fotografía de José Rubén Lofiego). Era policía. De ahí nos bajaron a un espacio donde las ventanas daban a ras del suelo. Tres tíos y cinco chicas. Era una mierda de lugar. Seguíamos esposados, aunque nos quitaban la capucha la mayor parte del tiempo.

Sin cambiarles de ropa.

–Durante meses y meses, pero aquí estoy.

El cautiverio prosiguió.

–Un día bajó (Agustín) Feced, que era muy hijo de puta, y dijo: ¡A estos me los arreglan ya! ¿Usted que pensaría al escuchar eso? Pim, pom, pum...

¿Eso imaginó?

–Yo y todos. Pero no, nos metieron a otro pozo (en argot argentino). Había 10 camas para 40 mujeres; hoy tenemos un grupo de WhatsApp. No había colchones. Había gente muy mayor, abuelas, gente enferma o que traían torturada y había que cuidarla... Las más jóvenes o no torturadas dormíamos en un trozo de gomaespuma. Preferías el suelo, porque había sangre, vómitos, orina...

“El obispo castrense me dijo que teníamos que comulgar a diario. Yo le dije que sí, ese pedacico de hostia era lo único limpio que comíamos”

¿Y ahí cuánto tiempo estuvo?

–Hasta que me sacaron. Un día me condujeron a ver a otro hijo de puta, al obispo castrense, que me bendijo...

Con la ropa con la que había sido detenida.

–Un jersey turquesa como con unas flores y un pantalón. Y al girar la cabeza vi a Ángel, un cura joven escolapio que conocía. Él se había metido como castrense para averiguar mi paradero, porque mis padres estuvieron durante un mes y pico sin saber si estaba viva o muerta.

Un buen hombre ese Ángel.

–Hizo todo para localizarme. Además habló con el cónsul.

¿Y el obispo?

–Me dijo que teníamos que comulgar todos los días. Ay, sí, sí, monseñor, si usted nos ayuda comulgaremos todas. ¿Sabe por qué se lo dije? Porque era lo único limpio que comíamos, ese pedacico de hostia.

¿Qué les daban?

–A la mañana mate cocido, con agua. Y luego, las cucarachas. Huesos, con un poco de grasa y dos o tres cucas, que en Argentina hay muchas grandes. Había que comer (...)

¿Hasta cuándo duró su cautiverio?

–Hasta el 17 de agosto. Fue poco...

Cinco meses en esas condiciones...

–Ya, pero mis amigas estuvieron más. Ahí cumplí 25 años., y mis compañeras me regalaron un bolero. Qué chuminada, pero cómo lo vivíamos. Luego cantábamos el ‘De tu querida presencia Comandante Che Guevara’.

¿Y eso lo podían entonar?

–Solo si sacaban a alguien. Era la alarma de que había salido una compañera para dar gritos, patadas y alaridos. Otra cosa no tenías.

“Una voz me dijo: ‘soy Vicente Ramírez Montesinos, cónsul de España’, y me abrió los brazos. Lloré como una magdalena”

Un día comenzó a ver algo de luz.

–Me tiraron unos chorretones de perfume repugnante y me llevaron a la parte noble del edificio. Se abrieron dos puertas, apareció un milico joven y en un costado de la habitación –no lo olvidaré jamás– un escritorio de estilo francés con el hijo puta de Feced. Yo me quedé clavada; ya se hablaba de lo animal que era: un violador y torturador que le gustaba hacerlo.

¿Y qué pasó entonces?

–Una voz me dijo: Mariví, soy Vicente Ramírez Montesinos, cónsul de España, y me abrió los brazos. Era pequeñico, pero fui como una moto llorando como una magdalena. Fue la primera vez que lloré... Dijo que nos íbamos a sentar a hablar y que Feced se tenía que ir. Yo ahí ya empecé a cagarme. El tío se fue, casi me infarto, y le dije al cónsul: Que tú te vas a ir, pero yo me quedo... Y me respondió: No te van a tocar.

¿Su situación mejoró?

–Vicente venía todas las tardes, me traía tabaco...

Un hombre providencial.

–Para mí fue mi vida. Y salvó a mucha gente.

¿Tuvo contacto después con él?

–Mucho. Era un hombre maravilloso, se la jugó a muerte con gente que lo pasó peor que yo.

Y llegó aquel día de agosto.

–Me pegaron un alarido: ¡Sales en libertad! Mis compañeras vinieron y me tiraron al suelo, me besaban, me abrazaban, me daban teléfonos, encargos, si puedes ver a mi madre, a mi padre, avísales que estoy aquí.

Y dejó aquel infierno.

–Salí, me monté en un autobús, con unas pintas... imagínese. La mugre que llevaba encima. Llegué a casa, mi madre me abrazó, me besuqueó, y mi padre me dijo: ¡Mira que te lo decía siempre! Y me abrazó y empezó a llorar también. Cuando tuve que tirar alguna cosa al río en golpes anteriores, mi papá era siempre el que me ayudaba.

¿Hay heridas que cicatrizan?

–Nunca puede cicatrizar aquello. Y eso que tuve yo esa suerte de salir, gracias a Vicente.

Volvió a Tafalla en enero del 77, y se encontró con la Transición.

–Sí, pero esto era muy atrasado.

No se planteó regresar.

–No, porque mis padres también vinieron aquí y yo no les iba a dejar siendo hija única.

Y no volvió hasta 2022.

–Estuve muy bien, en la calle, feliz.

¿Y ahora con Milei?

–Lo odio, me parece un imbécil.

¿Qué le falta a Argentina?

–Honestidad, fundamentalmente. Argentina es Argentina, un batiburrillo, un bodrio, un fraude en muchos sentidos. Y a la vez la amo. ¿Qué voy a hacer?