Comparanzas

09.02.2020 | 01:09

Ha llegado a mis manos una sentencia del Juzgado de lo Penal nº 2 de Pamplona sobre la reyerta ocurrida en Tafalla en el año 2007, entre guardia civiles y jóvenes de la localidad. Y uno no puede evitar hacer comparanzas.

Como en Altsasu, eran horas poco honradas y un grupo de guardias había salido de juerga. En ambos casos era octubre, en torno al Día de la Hispanidad y de la Virgen del Pilar, patrona del Cuerpo que, al parecer, pone el cuerpo animoso a sus beneméritos apadrinados. En el banquillo de los acusados, siete mozos reos de haber atacado a ocho agentes de la Guardia Civil, con sus parejas. Las fuerzas, pues, equilibradas. El Ministerio Fiscal sacó sus conclusiones: numerosos delitos de atentado; delitos por once lesiones y faltas de respeto a la autoridad, por todo lo cual solicitaba doce años de cárcel.

Los hechos se desarrollaron a las dos de la madrugada en la puerta de un bar de copas del casco viejo. Un Koxka cualquiera, vamos. Dice la sentencia que los agentes, "que estaban de cena no iban, obviamente, uniformados". Los guardias andaban graciosos, pintando banderitas de España. ¿Qué tiene eso de malo, si todos somos españoles? Alguien los debió de reconocer y se oyó un "¡Pikoletos, hijos de puta!". Un joven comenzó a recibir una paliza por la que luego le extirparon el bazo. A esto siguió un "gran tumulto y un altercado generalizado", según la sentencia. Varios guardias cayeron al suelo donde fueron pateados. Un joven le abrió la cabeza de un botellazo a un agente que, dicen, tardó 84 días en curar, "habiéndole quedado como secuela una cervicalgia postraumática". Su camisa, roja de sangre, nada que ver con la impoluta de Altsasu. Patadas, puñetazos, arañazos, toda una sesión de lucha libre de la que el Ministerio Fiscal solo hizo recuento de una de las partes. "Sentado a horcajadas sobre el sargento y dándole puñetazos", fue reconocido uno de los jóvenes.

En sus considerandos, el juez admitía que "en la experiencia de los tribunales, son rutinarios los juicios por broncas nocturnas en zonas de copas en que personas que no se conocen de nada acaban agrediéndose sin que sepan muy bien por qué". Y dictó la sentencia: uno de los jóvenes, el que gritó "¡Pikoletos, hijos de puta!", fue condenado a dos meses y a una indemnización de 216 euros al guardia que vapuleó. El autor del botellazo, a un año de prisión, otra idemnización a concretar y a un mes por otro certero puñetazo. Como constaba "que los acusados trabajan y pueden permitirse salir de copas", el juez estimó que podían pagar 8 euros diarios para eludir la prisión. El resto de los jóvenes salió absuelto.

Volvamos a Altsasu: las mismas fechas y horas, similar número contendientes, igual número de acusados, cena, alcohol, gritos... Pero en Altsasu no corrió una gota de sangre. Tan solo el esguince de un tobillo y unos rasguños. Una nonada. Y sin embargo, lo que en Tafalla fue una petición fiscal de 12 años, que se quedó en una condena sin cárcel de año y tres meses, en Altsasu el fiscal pidió 375 años y la condena ha quedado en 72 años de cárcel. No hace falta ser jurista ni saber de leyes para concluir que algunos jueces están majaras o están prevaricando. Que se han salido de madre. Que juzgan con más odio que sentido común. Además ya no estamos en los años calientes en los que la lucha contra ETA parecía justificarlo todo. ¿Por qué ahora semejante operación militar, mediática y jurídica?

La comparanza entre las dos situaciones puede ser irritante, pero no está exenta de lógica. Cuando en 2009 se nos despidió Luis Núñez, aquel rojo inolvidable, dejó escritas cinco frases lapidarias en las que nos resumió todo cuanto había aprendido en una vida de estudio y militancia: "Esto es un pueblo. Un pueblo ocupado. Un pueblo ocupado militarmente. Y no está ocupado tanto por la rapiña y el robo, cuanto por el placer que tienen de violarlo, de humillarlo, de asimilarlo. Solo a partir de esas premisas podemos analizar, entender y liberar este país". Pues eso. El domingo a Altsasu.

El autor es editor