Vientres de alquiler

09.02.2020 | 08:27

Más exactamente llamada gestación subrogada, con sus defensores y detractores, como corresponde a lo que resulta controvertido; en este caso, la consideración de la persona como objeto cosificado o de explotación para obtener beneficio con su cuerpo, lo mismo que ocurre en el tráfico de órganos humanos y la prostitución. Nuestra sociedad ha llegado a un punto en el que todo puede ser comprado, vendido o prestado, da igual si se trata de servicios, personas o cosas. En cuanto se produce un avance científico, la tendencia es a prescindir de consideraciones éticas básicas al considerarlas como frenos a la libertad humana.

Así las cosas, hay un elemento novedoso en el tema de la gestación subrogada: que los encasillados socialmente como progresistas y retrógrados han movido el tablero ideológico, y no son los de siempre en este tema: representantes de Podemos no están a favor a esta práctica, mientras algunos votantes del Partido Popular sí lo están. El resto de formaciones políticas tampoco tienen criterios homogéneos; no somos ovejas, afortunadamente, y cuando nos plantean la posibilidad de una mercantilización de todas las facetas de la vida, incluida la gestación humana, algunos creemos que la dignidad es un derecho bastante más importante que una formulación retórica; no es cuestión de poner límites a la libertad, sino a la deshumanización que supone mercantilizar el deseo de ser padres.

Se entendería la defensa de los vientres de alquiler si se aceptase legalmente que la vida humana no es lo más valioso que tenemos. Porque se alquila no sólo el vientre, sino a la mujer en todo su ser durante nueve meses. Y ella no es una incubadora: tiene sentimientos, experiencias; asume riesgos, sufre cambios hormonales físicos y psicológicos, sin contar las posibles secuelas posparto o de un aborto por complicaciones en el embarazo. En este caso, su cuerpo va por un lado y la persona por otro, quedando la gestante invisible en todo el proceso. El alquiler de un útero de mujer altera la dignidad de la persona y los derechos del recién nacido, cosificado igual que las mujeres de alquiler durante toda la gestación.

¿No es esta una forma solapada de violencia contra las mujeres? Quienes reclaman la libertad de hacer lo que les plazca con su cuerpo argumentan igual que las personas que defienden el derecho a la prostitución, solo que esta última suele llevar el plus de explotación sexual. En este período, ellas se convierten en posesiones de las personas contratantes y de las empresas intermediarias -que abundan- con derechos de propiedad contractuales sobre ellas durante el embarazo.

La gestación subrogada tiene que ver con una industria ligada a la obtención de beneficios económicos: se utilizan a las mujeres con menos recursos como meras criadoras para tener hijos genéticos. Si hace falta, la gente se desplaza a países del Este, México, India en busca de vientres de alquiler que ya ofrecen en Occidente clínicas especializadas. Hoy en día, el neoliberalismo disfraza sus agresiones contra la humanidad bajo la apariencia de nuevos derechos: en este caso, el que una mujer pueda hacer con su cuerpo lo que quiera, cuando en realidad esconde una conducta agresiva en forma de un supuesto derecho de hacer lo que le apetezca sin cortapisas ni conciencia ética; y provocan la emulación.

Si cada cual puede hacer lo que quiera, desaparece la libertad en cuanto colisiona con el derecho básico de otra persona por serlo. Y al empecinarnos en ello, hacemos crecer la peor selva humana; de hecho, conocemos su existencia en numerosos nichos sociales y económicos también del Primer Mundo.

Esta práctica es ilegal porque atenta al derecho universal de que ninguna persona debe ser usada como un objeto. Y menos si es por necesidad económica. Comprar un embarazo, o un órgano humano, no es un derecho de nadie. Verdaderos derechos universales legalizados son la vivienda o el trabajo, pero nos hemos acostumbrado a que sea normal que muchos no los tengan. Necesitamos límites para regular la convivencia democrática en verdadera libertad, que es algo muy superior a la utilidad, a cualquier utilidad.