Las fosas de Iruzkun y su entorno

10.02.2020 | 07:36

Como es sabido, la semana pasada fue descubierto un complejo de fosas comunes que albergaba a una veintena de asesinados existente en el paraje de las bordas de Iruzkun en el pueblo de Ollacarizqueta del valle de Juslapeña. En este complejo ya fueron exhumadas en 1979 los restos de dieciséis vecinos de Sartaguda ejecutados allí a mediados de noviembre de 1936. El descubrimiento ha sido posible gracias a un informe que los tres firmantes de este artículo elevamos en junio de 2018 a la atención de la Dirección General de Paz, Convivencia y Derechos Humanos del Departamento de Relaciones Ciudadanas e Institucionales del Gobierno de Navarra y a la labor de prospección y exhumación del equipo de la sociedad de ciencias Aranzadi.

El punto de partida fue una mención que localizamos en un artículo publicado por la etnógrafa y arqueóloga de la Universidad de Navarra María Amor Beguiristain Gúrpide en el año 2009 en el Anuario de Eusko-Folklore de la Fundación José Miguel de Barandiaran, bajo el título La vida en la cuenca de Pamplona durante el siglo XX. En él se recogían varias entrevistas registradas en el año 2007 a un ciudadano de Ollacarizqueta llamado Félix Echalecu Lecumberri, que en aquel entonces contaba con 89 años. En la página 167 de ese trabajo etnográfico se comentaba, entre las vivencias del entrevistado en los años de la Guerra Civil, que, junto con otras dos personas, había excavado una fosa en Iruzkun entre dos bordas que hay allí, a petición del alcalde, por una orden del gobernador militar. La fosa era de unos 100 metros de larga por 0,60 de ancha y un metro de profundidad. En el testimonio se añadía que había sido testigo del asesinato a cañón tocante de diecisiete personas en tiempo de la siega a manos de "los requetés de Pamplona".

Posteriormente enriquecimos nuestro informe con entrevistas con vecinos de Sartaguda que participaron en la exhumación de 1979 y que nos comunicaron, tal y como presumíamos, que allí habían quedado entonces más restos en otras fosas colindantes a la que ellos habían cavado y que los restos aparecían sin ninguna dificultad, estaban casi en la superficie. Pero como ellos ya habían recuperado a los suyos y desconocían de qué pueblo pudieran ser, decidieron no intervenir a pesar de los indicios. También consultamos documentación del Fondo de José María Jimeno Jurío y del Fondo Documental de la UPNA que apuntaba en la misma dirección de que allí pudieran haber restos procedentes de otras sacas en el mismo lugar. A tenor de esas fuentes y de otras, así como de lo que ha aparecido de momento, se puede sospechar que allí fueron ejecutados simpatizantes del bando republicano en 1936 y 1937, así como participantes en la fuga de San Cristóbal de mayo de 1938. No obstante, hay que decir que aquella larga fosa de cien metros no ha sido hallada. Las fosas localizadas serían, a nuestro juicio, otras diferentes.

No hay que olvidar que el lugar de Iruzkun es idóneo para esconder lo que debía ser ocultado. En este valle, al igual que en los demás de la cuenca, los carlistas recibían un apoyo político masivo y, antes del alzamiento militar, durante todo el periodo de la República, los requetés estuvieron realizando allí maniobras militares. Esos valles y cendeas de la cuenca también lideraron los niveles comarcales de movilización tras julio de 1936. Por ello, las unidades requetés de asesinato de los desafectos (el Tercio Móvil), conocedoras del terreno que pisaban, pudieron contar con la colaboración de los vecinos. Además, era un lugar relativamente cercano a la capital y está en un sitio aislado y resguardado de los núcleos de población habitados del valle. Por otra parte, también tenemos que decir que a finales de los setenta, según han apuntado numerosas personas, se podía percibir con total claridad la existencia de fosas a través de las visibles ondulaciones del terreno. Para mayor escarnio, el paraje acogía en los últimos años usos poco compatibles con un lugar de memoria: una borda está arrendada a una sociedad de cazadores y acoge a los perros de estos, recibiendo con ladridos a cualquiera que se pasee por allí, y también se han hecho fosas sépticas.

Iruzkun es un ejemplo de cómo el muro y el código de silencio pamploneses, la omertá en una palabra, se trasladaron a los valles circundantes en los que se materializaron los asesinatos a cañón tocante a pie de fosa y que albergarían una miríada de fosas comunes.

Los testimonios que se han podido recabar a lo largo de los años sobre las características de la limpieza política acaecida en Pamplona, sobre los centros de detención que había en ella, y sobre las sacas que de los mismos conducían a la muerte a vecinos de ella y de otros puntos de Navarra, son demasiado escasos. De los sectores relacionados con el golpe de estado no haya dimanado, no ya algún discurso articulado que exprese autocrítica consistente sobre lo sucedido, sino incluso alguna información relevante que hubiese podido auxiliar en alguna medida a los familiares de las víctimas para la localización de los restos de las mismas. Desde nuestra óptica, resulta preocupante que, más de ochenta años después de los acontecimientos, haya habido gente que contemple como normal que los restos de los asesinados puedan seguir enterrados en el monte y en las cunetas, privándoles a sus familiares de otorgarles una sepultura digna en la que honrar su memoria. Este fenómeno es enormemente significativo, toda vez que uno de los nervios centrales de la memoria de los vencedores fue la de subrayar la importancia de los caídos propios, manifestada con la mayor elocuencia en el monumento erigido en su memoria en el corazón de Pamplona, en cuya cripta se siguen realizando misas en honor de aquellos, y cuya eliminación o resignificación no ha sido debatida seriamente por las instituciones navarras.

Por otra parte, ese muro de silencio se trasladó también hacia el hinterland inmediato a la capital. Si examinamos en Internet el mapa de fosas de Navarra podremos ver que los valles y cendeas de la cuenca de Pamplona están salpicadas de fosas comunes con restos de asesinados en las sacas que tuvieron lugar desde los centros de detención pamploneses en 1936-1937, y también de los asesinados por su participación en la fuga del fuerte de San Cristóbal en 1938. Algunas de ellas han sido intervenidas con éxito; otras, en cambio, no, por la imposibilidad de operar en ellas o por la inexistencia de información fidedigna. De cualquier forma, para la localización de fosas en la cuenca de Pamplona los familiares y los investigadores han tenido que llevar la iniciativa por sí solos. Solamente en algunos casos han conseguido el refrendo a posteriori de sus averiguaciones por parte de vecinos de los pueblos.

Los valles y las cendeas de la cuenca de Pamplona se conformaban, por lo tanto, como un patio trasero de la limpieza política decidida en los despachos de la capital y desarrollada desde las diferentes cárceles existentes en ella y desde el penal de San Cristóbal por parte de los escuadrones de la muerte de las milicias paramilitares carlistas y falangistas.

Eso es lo que rodea a Iruzkun.