Agresión sexual a una menor en Aranda

06.01.2020 | 06:16

La sociedad española está conmocionada por las reacciones habidas hacia la sentencia de la Audiencia Provincial de Burgos contra tres exfutbolistas del Arandina en la que se les condena a 38 años de prisión por agresión sexual a una menor, cometida en 2017. Las redes sociales y los medios de comunicación son un hervidero de opiniones encontradas sobre la condena. Incluso 500 vecinos de esa localidad salieron a la calle manifestándose en defensa de los jóvenes sentenciados.

Que quede claro que ella era una menor y los agresores no. Se aprovecharon de su superioridad y la agredieron sexualmente. Eso es lo que, en esencia, pasó. Y la ley, que otrora disculpaba a los agresores y responsabilizaba a la víctima, ahora, probablemente por una mayor sensibilización social, ha actuado con una contundencia desconocida. Sin entrar en el debate de la sentencia, y dado que desde diferentes sectores se ha responsabilizado a la menor de lo ocurrido, quisiéramos hacer una reflexión sobre la preparación en materia sexual que tienen chicos y chicas a esas edades.

Sabemos que, a los 15 años, un grupo importante de chicos y chicas tienen relaciones sexuales. Sin embargo, a esa edad pocos tienen las ideas claras al respecto. Otra cosa es lo que les parezca a ellos/as. Un tema que les interesa sobremanera, tanto o más como ser reconocidos por el grupo. Las redes sociales están presionando de tal manera a estos jóvenes que caen en el engaño de confundir reconocimiento personal con varias decenas de likes en su cuenta de Instagram. Quieren ser populares, guapos/as y felices, como los que aparecen en esas redes, siempre sonrientes.

A estas edades se necesita algo de seguridad, algo donde agarrarse, y si un chico (o dos) joven y guapo, mayor que tú, encima famoso y del que todo el mundo habla, te tira la caña y te promete el oro y el moro, bueno, pues te vas a dar una vuelta con él, incluso a una fiesta a su casa con unos amigos, también jóvenes, guapos y famosos. ¿Cuántas irían? ¿Cuántos la invitarían?

Y ya en la fiesta, tú sola, con esos tres tíos estupendos, alcohol y muchas risas y, sobre todo, mucha presión psicológica, intimidada y con miedo, sin tiempo de analizar dónde se ha metido, de a ver quién se vuelve atrás? y, a lo mejor, en ese momento de descoloque, cerrar los ojos y tirar pa'lante y hacer lo que le pidan. Incluso, quizá, pensando la manera de contar la hazaña de lo ocurrido. De hacer cosas de mayores, cosas muy flipantes, como sexo en grupo.

Los afectos son unos aliados, y a su vez una trampa, para quienes urden objetivos oscuros: si tu novio, del que estás locamente enamorada, te pide no usar condón, tú a lo mejor le haces caso, si te pide esnifarte una raya o un tripi, a lo mejor te lo tomas. Si te pide que le hagas una felación a un amigo, se la haces porque te lo pide él. Porque te lo pide él. Cuando una chica joven está enamorada, está como abducida y no ve sino por los ojos de su enamorado.

En esta sociedad enseguida se aprende que con el coqueteo se puede llamar la atención, para luego contarlo y subirlo a las redes en tiempo real gracias a Internet. Claro que siempre ha habido depredadores al acecho, machitos a la caza de un bomboncito que parece que lo está deseando.

Y con la finalidad de sentirse el centro de atracción, se toman decisiones equivocadas, máxime si estás con hombres que no desaprovechan ninguna oportunidad. Que levante la mano aquel/la que a los 15 años no metió la pata hasta el corvejón, una edad donde las certezas están por venir.

Y a veces se tienen relaciones de cualquier manera porque la impulsividad, y hacerlo sin pensar gran cosa, son rasgos comunes a estas edades, con resultados no muy buenos. Y así ocurre tantas y tantas veces.

A esta edad se están construyendo a sí mismos, experimentando, descubriéndolo todo con los ojos como platos, y ciertas decisiones son fruto de un atolondramiento, de destacar en los likes del post que sube a Instagram? más que de una decisión tomada reflexivamente. Pedirles a estas niñas una gestión responsable de sus emociones y de sus impulsos es pedirle peras al olmo, porque sabemos que solo pueden lograrse desde la formación y la experiencia. Por supuesto, ellos/as están convencidos de la bondad de sus comportamientos, de saberse en posesión de la verdad y de que ya son mayores para hacer lo que hacen los mayores.

Solo con el castigo penal no se resuelve el problema. Este caso es una nueva bofetada a la sociedad, que deja a merced de internet y del porno la educación sexual y afectiva de sus pequeños. De haber tenido educación sexual profesional y científica en casa y en la escuela tal vez ella no habría ido sola a una fiesta en una casa con tres chicos mayores, o les hubiera dicho asertivamente no. Y ellos, en lugar de aprovecharse, de verla como un agujero con patas, habrían tenido empatía y no la habrían invitado o le hubieran dicho: vete a tu casa o vete con tus amigas. Era lo que tendría que haber ocurrido en lugar de este desastre.

El autor es Dr. en Psicología, especialista en Sexología