De la residual naturalización uhartearra

04.08.2020 | 01:05

la innegable condición periurbana de nuestra población de Uharte, recogida en su día por los diferentes planes de ordenación, así como por Pau Serra del Pozo en su ensayo Usos del Suelo y Promoción Inmobiliaria en el Área Metropolitana de Pamplona: 1957-1997 (Eunsa: 2000), determina en buen medida su desarrollo. Hasta hace bien poco, con un mundo rural en franca retirada, el urbanismo de la misma se ha visto irremisiblemente abocado al cambio. Cuestión que fuera recogida en su momento por el quehacer periodístico con motivo de las fiestas en la siguiente acertada descripción del año 1971: "Huarte posee un trazado muy razonable en sus calles y plaza, mezcla de ancestral y moderno. La carretera, verdadero cordón umbilical, cruza de parte a parte el pueblo. El aparcamiento no es ningún problema y se está haciendo costumbre el que de Pamplona y vecinas localidades se bajen a Huarte a proveerse de "cabezones" de sabroso paladar, o tinto de fino gusto [...] Huarte, en una palabra, con su Calvario recosido y nuevo, con sus campanas impresionantes, con su reloj de la torre, con sus montes Miravalles y Altxutxate –tal vez quiso decir Urbizkain, aunque ambos tienen, más bien, la condición de cerros–, con su Arga caprichoso goza de todos los atractivos del viajero navarro que goza de la tranquilidad y la simpatía de gentes buenas y nobles, Huarte es un pueblo acogedor". (Encuesta etnográfica..., Urdin: 2002) Valores de la cité –en la expresión de Sennett– que ciertamente se han mantenido hasta hace bien poco, basados en la descripción dada por José María Iribarren de nuestra población como "la villa del pan, las cebollas y los rellenos" (Saldo de retales: 1955), que la recién adoptada cultura urbanística tiende a borrar.

Nuestro viejo urbanismo pertenecía a la trama celular. Aquella que, definida por Richard Sennett, se organizaba en torno a jardines, cerrados, patios, plazas, plazuelas, plazoletas y, finalmente, barrios. La singularidad de nuestro urbanismo no consistía tanto en contar con edificios de factura relevante cuanto en el modo de organización urbana de la ville. Aunque de los primeros también contábamos con algunos ejemplos, al menos en la descripción dada por Iribarren siendo ratificada en años posteriores, como ya tuvimos ocasión de comprobar en autores como Caro Baroja: "Hay casas viejas con portalones góticos de anchas dovelas, y viviendas de sillares negruzcos con ventanucos de doble arcada, sin parteluz" (en Nuestra excursión a Huarte en el Irati, del sábado día 4 de febrero de 1950). Creo que esta trama era, en definitiva, aun subliminalmente, la que verdaderamente ha llamado la atención de los urbanistas con los que ha contado nuestra Villa asesorando a la Corporación: desde el primero del que tengo constancia, el agrimensor Lacunza, pasando por el pionero autor de un plan general que no llegara a buen puerto, Ramón Urmeneta, para terminar con los mencionados anteriormente, Redón, Sagastume, Ros y Francés. Los planos elaborados por los mismos durante el siglo XX dan buena fe de ello. Así como el facilitado por el historiador de la vecina villa trapera, Peio Monteano, procedente este último de los fondos del Archivo Militar General (1824). Lo mismo cabe resaltar aquí de los referidos a masas de cultivo realizados por encargo de Diputación a finales del XIX (1876).

Las reflexiones de Sennett al respecto nos pueden llevar muy lejos. "En términos generales –habrá de decirnos– los seres humanos se mueven en el espacio y habitan un lugar"(Sennett: 2019, p.51). Nuestros políticos, en la época del último desarrollismo que favoreciera, como ya lo hiciera históricamente con la crisis de 1929, la burbuja inmobiliaria eran, (éramos, por la parte que me corresponde) muy conscientes, y prueba fehaciente de ello es la pregunta que realizara en su día la Sociedad Municipal de Gestión Urbanística Areacea: ¿Qué prefieres desarrollo patrimonial o urbanístico? No tengo datos de si la mencionada encuesta se realizara o no, pero el contenido de dicha pregunta no deja de ser esclarecedor. En todo caso, por aquel entonces Uharte contaba con la doble posibilidad de poder optar simultáneamente por un desarrollo urbanístico en lo no construido así como de políticas patrimonialistas para lo ya consolidado, existiendo un consenso generalizado, un ethos compartido, de que a futuro fuera así.

Para entender ese amor por lo patrimonial el primer, y único plan de ordenación con el que a día de hoy contamos, felicitaba las iniciativas conservacionistas que por la década de los ochenta del siglo pasado se acometieran Así es recogido: "Se han dado importantes iniciativas de reconstrucción y rehabilitación de edificios considerados terriblemente positivas y dignas del aplauso" (p., 358) Como así también reconoce negativamente el que: "Dado el crecimiento disperso se han originado importantes medianiles en cantidad y superficie". Estos son los utilizados últimamente por los artistas de esa variedad de graffitti a caballo entre el decorativismo y el trampantojo urbano.

Se da, no obstante, otra forma de asunción de al menos una idea del pasado que nombra como naturalización. A ello me voy a referir siguiendo la pauta del pensamiento de Sennett cuando afirma sobre este concepto consistir en ser un "proceso por el cual un artificio termina por ser aceptado por sí mismo como elemento integrante de la mentalidad de la cité". En ese sentido la estilística hibridación ha sido asumida por la mayoría de nuestros vecinos como factor identificador ahora cuestionado por el rebrote especulativo. Declara el autor, como Lewis Mumford no se cansara de recordar el que "crear una estructura física al precio de destruir la íntima estructura social de la vida de una comunidad es una absoluta locura". Y esto es lo que ocurre cuando adoptamos la radical decisión de prescindir del pasado siquiera renombrado como vernáculo en parte debido a circunstancias de la vida y en parte por la desidia de quienes están en la obligación de gestionarlo.

El autor es escritor