Un vaquero en la Casa Blanca

01.11.2020 | 00:59
Un vaquero en la Casa Blanca

En medio de la berrea que atrona el planeta, un tipo rubio pintado de zanahoria reclama su trono en el imperio americano. Y también, en medio de una noche azotada por el viento que silba desafiante, me asalta una pesadilla en la que aparece el zanahoria vestido de vaquero, con unos pantalones de cuero rematados por unas botas camperas puntiagudas y unas espuelas de plata que deslumbran ante la presencia del sol, una camisa a cuadros bien ceñida que muestra una barriga obesa, sujeta por un cinto del que cuelgan sendos colt 45, un chaleco a juego con los pantalones, un sombrero de ala ancha y una placa de sheriff en lugar bien visible.

De esta guisa camina, con las manos sujetas al cinto, el pretendiente al trono, por las calles de una localidad del medio oeste, llamada Wichita, emulando desafiante a John Wayne, dejando a su paso las calles vacías como si de un estado de alarma se tratara, una ciudad dominada por el polvo y el miedo.

Me despierto sobresaltado por el ruido de una radio a todo volumen que nos anuncia la propaganda electoral de Donald Trump, con una voz viscosa que me recuerda que la realidad puede superar a la ficción, y me entran ganas de tirarme por la ventana para olvidarme de este mal sueño.

Así puede pasar sus noches cualquier americano demócrata en vísperas de las actuales elecciones en EEUU, un país con una población que roza los 330 millones de habitantes, más dividido que nunca.

Entre los que miran a Wichita y su época de esplendor cuando primaba la ley de las pistolas. Los que exhiben las banderas del ejército confederal, defensor del esclavismo en la guerra de secesión. Los partidarios del racismo, la xenofobia, la misoginia y el levantamiento del muro en la frontera de México para impedir la entrada de emigrantes. Los defensores de los aranceles para impedir el libre comercio. Los herederos del Ku Klux Klan que emplean la violencia para la resolución de todo tipo de conflictos, como esa toma por las armas del Capitolio de Michigan, por su oposición a las políticas de Trump, para demostrar quién manda aquí, piropeados por el presidente con el comentario "son buenos chicos". Los que animan a la policía a sacudir a los negros, cuando no lo hacen ellos mismos imponiendo su orden con las armas en la mano. Los que aplauden a Putin por sus excelencias dictatoriales, modificando todo el sistema de alianzas pergeñadas tras el final de la 2ª guerra mundial, tratando de apestados a los europeos cuya unidad política tratan de sabotear apoyando el brexit.

Enfrente, los que pueblan las costas del Atlántico y el Pacífico, como amplias zonas de los Grandes Lagos, de tendencia históricamente demócrata, que asisten perplejos al circo montado por los republicanos. Pero miran al futuro, a un horizonte incierto y estimulante, en el que el mayor dinamismo de sus grandes ciudades confluye con un mosaico de personas de distintos orígenes, razas y religiones.

Como contraste, las grandes extensiones del centro del país, desde Nevada hasta Kentucky, donde parece que el tiempo se ha detenido, donde el paro y la miseria empujan a sus gentes, la mayoría de raza blanca, a confiar en un Mesías que trae debajo del brazo el mensaje de ley, orden y rebaja de impuestos para ganar las elecciones, pero la nefasta gestión del covid y el consiguiente parón de la economía pueden cavar su tumba.

Hoy las encuestas se multiplican por todos los estados, y la diferencia del 8% a favor de Biden aparece en todas ellas, pero nadie olvida el desastre de 2016, que, con una ventaja de casi 3 millones de votos a favor de Hillary Clinton, los resultados finales favorecieron a Trump gracias a que el sistema de votación norteamericano es indirecto.

Según su representación en el Congreso, cada Estado federal cuenta con un número de compromisarios en el colegio electoral, e independientemente de su signo político, tienen el compromiso de votar por el candidato que haya ganado en su Estado, de tal forma que el triunfador se lo lleva todo. Así, una victoria por un margen de un 1% de votos es igual de trascendente que una por una diferencia del 30%, y por eso es en los estados donde la votación está muy reñida, los estados bisagra, donde realmente se juegan las elecciones, y así Trump cosechó su triunfo en 2016 al haber ganado las votaciones en los Estados bisagra de Michigan, Pensilvania y Wisconsin.

Las próximas elecciones a celebrarse el 3 de noviembre próximo eligen presidente y también a los miembros de la cámara de representantes y del Senado. En la primera, todos los sondeos predicen una victoria aplastante de los demócratas, y en el Senado le otorgan vencedor a los demócratas por un 65%. Lo que pase en ambas cámaras es significativo, porque una victoria de los republicanos en el Senado paralizaría la aprobación de las leyes más importantes, eso sin contar con el factor de que el Tribunal Supremo, de mayoría conservadora, puede mediatizar su contenido, como ocurrirá con la Ley de Sanidad aprobada por Obama y sujeta ahora a revisión.

Según las conclusiones de un estudio del Banco Santander, en el escenario más probable de una victoria demócrata, de conformidad con las encuestas, en el más corto plazo, la reacción inicial del mercado bursátil podría ser moderadamente bajista por temor a lo desconocido respecto a los últimos cuatro años, pero a medio plazo su efecto sobre la economía y el mercado sería positivo gracias a una mayor expansión fiscal y una menor hostilidad comercial hacia China.

Todo el mundo tiene puesta su mirada sobre el resultado de las elecciones en EEUU, hoy más que nunca, porque una victoria de Trump conduciría a un fortalecimiento de la ultraderecha en Europa, un mayor asentamiento del Brexit sin acuerdo, una fuerte desconexión entre EEUU y la Unión Europea, y esta última, sometida a la presión de la pinza ejercida por Rusia y Norteamérica, buscando su debilitamiento, una mayor desestabilización del tablero internacional y, por supuesto, un golpe mortal para los derechos civiles dentro del país, y un empobrecimiento de las capas más desfavorecidas de la sociedad.

Todo el mundo tiene puesta su mirada sobre el resultado de las elecciones en EEUU, porque una victoria de Trump conduciría a un fortalecimiento de la ultraderecha en Europa