Un hombre en el Día de la Mujer

11.03.2021 | 00:16
Un hombre en el Día de la Mujer

Esa mañana se despierta inquieto y alterado, pero no porque sea lunes, sino porque es 8 de marzo, el Día de la Mujer. No tiene nada en contra de esa celebración, mucho menos en contra del género femenino, no se trata en absoluto de eso. No, lo que ocurre es que intuye que va a ser una jornada extraña, una jornada difícil para él, intuye que ese día le va a costar comportarse con naturalidad.

Todavía un poco atontado y en pijama, se sienta en el borde de la cama y se pregunta en voz baja qué debe hacer. Qué se espera de él. No quiere cometer ningún error. Quiere estar a la altura del momento, asumir la solemnidad de la ocasión y aportar algo a ella en la medida de sus posibilidades. Justo después de plantearse todo eso, se arrepiente de golpe. Se da cuenta de que ya ha empezado a equivocarse. Aún no ha salido de su habitación y ya está tropezando. Sí, porque está pensando en sí mismo, ha vuelto a pensar en sí mismo, y resulta que hoy no es su día, no es el Día del Hombre, hoy es el Día de la Mujer.

Se mete en la ducha. Quizá así vea todo con claridad. Ya bajo el chorro de agua caliente, del caudal que terminará inundando el cuarto de baño como siempre, vuelve a la carga. "Pero, entonces, ¿cómo debo actuar?", se pregunta. Y es que él desea tener algún detalle con su mujer, que ya se ha ido a trabajar, y homenajear de paso a todas las mujeres. Desea demostrarles que está de su lado, que opina lo mismo que ellas en las cuestiones esenciales, fundamentales, en las relacionadas con sus derechos. Quiere decirles que pueden contar con su apoyo, con su comprensión, con su simpatía, con él en cuerpo y alma si es necesario.

Mientras se lava los dientes salpicando en todas direcciones, toma la decisión de escribir una nota a su mujer. Eso es, le mandará un correo cariñoso, se persuade a sí mismo. ¡Un momento! ¿Acaso es San Valentín? No, eso fue hace tres semanas, ya pasó, él ya escribió la carta de amor como todos los años. Hoy toca otra cosa, es un día diferente. ¿Un ramo de flores enviado a la oficina? Ya está a punto de dar por válida su propuesta cuando de pronto recuerda algo que oyó ayer en un programa de televisión dedicado a ese tema. En la entrevista, una experta en igualdad advertía del riesgo de banalización del Día de la Mujer. Recordaba a los espectadores que no se trata de hacer regalos, ni de aplaudir en la entrada de los sitios, ni de dar preferencia en las puertas, ni de ceder la vez en la cola del supermercado, ni de pagar las consumiciones de esa jornada a jefas, compañeras o subalternas. Se trata de algo mucho más importante.

Ahora él se ha sentado a desayunar. Aunque sigue con el desasosiego del principio, se consuela pensando que aún es pronto, que tiene muchas horas por delante. "Está bien", se dice, "nada de cartas, ni de flores, ni de regalos, ni de cortesías. Pero, entonces, ¿cómo diablos puedo contribuir?".

Con ánimo de dejarse inspirar por alguna idea ajena, enciende la radio de la cocina. Bebe el café sorbiendo con menos ruido que de costumbre y se pone a escuchar con atención. Confía en que alguien, en cualquiera de los programas especiales de esa mañana, diga algo que le sirva. Que le sugiera una forma de cooperar. Se siente preparado. Sólo necesita una pista, una señal, una pequeña instrucción.

Hay un momento en que un oyente, un hombre de cierta edad, llama a la emisora y comenta que ese día va a hacer todas las faenas de la casa, que quiere darle una sorpresa a su mujer. Él, todavía con la taza delante, con los codos apoyados sobre una madera llena de migas, se alegra pensando que puede hacer lo mismo, que ésa es una buena iniciativa. Sin embargo, una de las tertulianas invitada al programa interrumpe al oyente diciéndole que no, que cómo se le ocurre, que eso equivaldría a reconocer que las labores domésticas son una obligación de la mujeres.

Ya está sentado a la mesa de su despacho con los dedos posados en un teclado pringoso. Son las nueve y continúa tan perdido como al levantarse. Durante unos segundos, mira por la cristalera hacia la calle y se pregunta qué clase de intervención por su parte sería bien aceptada por los demás. Por la sociedad. Por su mujer, por la locutora, por la tertuliana y por la experta en igualdad. Debe de haber algo correcto, oportuno, discreto, apropiado para un hombre moderno y tolerante como él en un día especial como ése. Pero, ¡Virgen Santa!, ¿qué?

Claro, lo simbólico, eso es. Había olvidado el valor de las imágenes. Decide buscar una serie de fotografías en Internet. Insertará una en su estado de WhatsApp, otra en Instagram, y el resto en otras redes sociales, dentro de su perfil. Fotos de mujeres, con mujeres o sobre mujeres. Fotos que representen su discriminación, su indefensión, su maltrato, su situación de inferioridad. Ya ha escogido unas cuantas cuando de pronto recuerda la advertencia hecha por una socióloga en un reportaje de la televisión. Cuidado con usar bancos de imágenes. Cuidado con caer en estereotipos. Cuidado con recurrir a fotos de mujeres inmigrantes, o en entornos de pobreza, o en escenas de dolor. También eso sería una manera de trivializar la cuestión. De malversar la reivindicación. No sólo eso. Una forma de infantilizarla sería, por otro lado, simbolizar el día con fotos de mujeres blancas, sanas, delgadas, atractivas y demasiado felices.

Es la hora de comer, pero él no tiene hambre. Sigue ansioso y preocupado. Sigue sin resolver su problema. Todavía en su despacho mal ventilado retira un poco la silla hacia atrás, pone los brazos detrás de la cabeza y la levanta mirando hacia el techo. "¡Que alguien me diga cómo puedo colaborar yo, por el amor de Dios!", exclama algo desesperado en la soledad de su oficina.

Justo en ese momento suena el teléfono. Él lo coge y oye la voz de su mujer al otro lado de la línea, oye cómo le dice: "Te recuerdo que esta tarde hay que colgar las cortinas del salón". Entonces él, ahora mucho más triste que preocupado, mucho más desanimado que nervioso, vuelve a pensar en sus ganas de ayudar, en ese afán que le ha tenido en vilo durante todo el día, y murmura todavía agarrado al auricular: "Tampoco es eso, c.... Yo no me refería a eso. Tiene que haber algo que no sea eso...".

El autor es escritor