El espectáculo se come a la política

21.03.2021 | 00:53

La tentación de hacer de la política un espectáculo no es de ahora, supongo que es de siempre, ya la practicaban los césares en el circo romano. Lo novedoso es la aceleración que nuestra época imprime a todos los procesos y la generalización del fenómeno. Todo es espectáculo, la vida pública y la vida privada, hoy prácticamente no hay territorios vedados. La multiplicación y combinación de los medios de comunicación y de las redes sociales y el avance tecnológico que ha permitido que todos llevemos un ordenador de bolsillo (aunque le sigamos llamando teléfono móvil) y estemos en permanente contemplación de una pantalla que nos conecta con todo el mundo, nos ofrece increíbles posibilidades para hacer nuestra vida más cómoda y aterradores efectos perversos.

Hace ya tiempo que, entre otros autores, Giovanni Sartori nos advirtió (Homo videns: la sociedad teledirigida, 1997) de las consecuencias nocivas de percibir la realidad a través de la televisión. Consecuencias hoy elevadas a la enésima potencia. Empobrecimiento de la capacidad de entender: personas que solo entienden lo que ven y para las que solo existe lo que miran. Pérdida de valor de lo hablado y de lo escrito. Reducción de lo que tiene carácter de información a lo que puede mostrarse por televisión. Pérdida del contexto. Simplificación extrema de las noticias: cortas, impactantes y entretenidas. Producción de imágenes y anulación de conceptos, atrofia de la capacidad de abstracción y de la capacidad de comprender. Deterioro del debate público, preeminencia de decisiones basadas en el gusto y la emocionalidad sobre la racionalidad.

En el campo de la política, vemos que los líderes políticos se han convertido en actores seleccionados por su fotogenia y telegenia, se valora que sean jóvenes y guapos y tengan labia o desparpajo, muy por encima de valores como la cualificación profesional, la capacidad de trabajo, la vocación de servicio, sus principios o el programa que ofrecen. La necesidad de generar un titular cada día impone la competición de ocurrencias sobre el debate de ideas. Reina el más absoluto cortoplacismo; la noticia de hoy será vieja mañana. Nadie se acuerda de las promesas o de los compromisos de antesdeayer. No importa la eficacia de las políticas sino el impacto en las encuestas electorales. El largo plazo son las próximas elecciones. Las sesiones parlamentarias son una pura función circense, no se habla a los diputados sino a los televidentes, todo es una sucesión de monólogos. Los debates se hacen en televisión, a gritos, entre descalificaciones y sin argumentos, que es lo que da audiencia. Los medios no instruyen sino que entretienen. Mucho ruido y poca información, guerra de mentidos y desmentidos, bulos y contrabulos, nada es verdad ni mentira. Los políticos no negocian en torno a una mesa sino cruzándose tuits, vídeos o declaraciones a los medios. Las decisiones no las toman los órganos del partido, sus afiliados, o los propios políticos, sino los gabinetes de comunicación. Una carrera política se puede iniciar hoy perfectamente como tuitero o youtuber. Esta realidad es la que permite que triunfen en política especímenes como Trump o Díaz Ayuso. Ojo, no caigamos en la tentación populista de considerar que los males de la política vienen de los perversos políticos y los padecen los buenos y honrados ciudadanos. Los malos políticos son promovidos y elegidos por indocumentados ciudadanos que van a votar a las elecciones con el mismo espíritu con el que votan a diario muchas otras cosas con un tuit o un sms; ya no distinguen la realidad de un reality televisivo. Muchos votan a quien más grita, o al más simpático, o al que se parece más a ellos, o contra el que más aborrecen. Quieren ideas sencillas y soluciones fáciles, prejuicios cómodos en lugar de conceptos intrincados, y que no les aburran con la complejidad del mundo y de los problemas, mucho menos que les pidan sacrificios o que cultiven la funesta manía de pensar.

Sé que la cosa tiene mal arreglo, pero haré algunas sugerencias al respecto. Prohíbase la presencia de la televisión y de la radio en las cámaras parlamentarias. No la de la prensa, claro, que los periodistas hagan sus crónicas. Y que se reproduzca en los periódicos el diario de sesiones, como se hacía en el siglo XIX. Que los ciudadanos lean lo que dicen sus representantes, que no vean solo la anécdota o el chascarrillo de la jornada. Que lean y que, incluso, piensen. Que los cargos públicos tengan prohibido acudir a tertulias televisivas o radiofónicas. Que se les prohíba el uso de Twitter y otros instrumentos diabólicos similares. Ya tienen el boletín oficial. Que se les prohíba concentrarse delante de las sedes oficiales con cualquier motivo para salir en el telediario; el derecho a manifestarse es de los ciudadanos, no de los partidos ni de las instituciones. Prohibidas las inauguraciones, no solo en campaña electoral, sino siempre. En realidad, siempre es campaña electoral. Si se inaugura algo, que acudan solo los usuarios, los vecinos, los trabajadores. En las ruedas de prensa que no salgan los políticos, sino sus portavoces, sus responsables de comunicación, y que lean la reseña del consejo de ministros, o del pleno municipal, o de lo que sea. Si los políticos quieren que les vean los ciudadanos, que vayan a visitarlos. Que se pateen los pueblos, las calles, las sedes de su partido, que mitineen como antaño, que hablen directamente a sus votantes, que traten de convencerles de lo estupendos que son y de lo bien que lo hacen. Que salgan de la pantalla y regresen a la realidad.

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