Tribunas

Reconocimiento

07.11.2021 | 01:07

Ser reconocido por el otro, ya sea semejante o diferente, es necesario. No somos seres aislados, sino, como dice Sartre, existimos no solo en nuestra conciencia sino también como un ser-para-otro. No ser reconocido cosifica y confina a la víctima en el mundo de los objetos. En política, desgraciadamente, es relativamente frecuente la reificación no solo del adversario, sino también del coaligado. Decía Albert Camus que toda forma de desprecio, si se hace desde la política, prepara o instaura el fascismo. Desdeñar es no hacer caso a alguien, no tomarlo en consideración, no respetarlo, no reconocerlo como un semejante, hacerle el vacío, o incluso aún más grave, despreciarlo. La falta de reconocimiento es una forma de exclusión o muerte simbólica y las víctimas pueden ser una persona o un colectivo social, ya sea por su raza, sexo, creencias, identidad o lugar de procedencia. Las actitudes machistas, totalitarias, supremacistas, clasistas, racistas, xenófobas, homófobas o transfobas no tienen cabida en las sociedades democráticas, pues son prácticas perversas que ocasionan un gran malestar, ya que no hay nada peor para la propia autoestima que sentirse despreciado por alguien que se siente superior. Según Octavio Paz el ninguneo consiste en convertir a alguien en ninguno, de tal suerte que la nada se individualiza y se hace cuerpo en alguien que deviene nadie. El desprecio, frecuente en la política con minúsculas, lo acostumbra a practicar, haciendo gala de prepotencia, quien tiene el poder. Los necios alardes de superioridad de los ninguneadores representan una manifestación de su precariedad ética e intelectual. Su torpe negligencia viene, en cualquier caso, con fecha de caducidad, pues acaba volviéndose, cual boomerang, contra ellos mismos. Platón no ocultó su animadversión hacia los poetas, por lo que no escatimó la crítica hacia ellos, incluso llegó a reclamar su destierro. Pensaba que sus metáforas falseaban la realidad, lo que los convertía en personas no aptas para ejercer la política. Bienvenidos sean hoy los poetas, si bien esta actitud platoniana debería aplicarse a los vanidosos y narcisistas ninguneadores, pues no solo no aportan nada, sino que suscitan descrédito y desafección política. El soberbio no se limita a abusar despectivamente de los gerundios, de los adverbios innecesarios, de los adjetivos previsibles, de la prosa obvia, de los cansinos lugares comunes y de los inquietantes puntos suspensivos, sino que necesita erigirse como sujeto de oraciones vacías, carentes de verbo y predicado, en las que solo es visible su ego tan ciclópeo como nefasto e inútil.

Sabido es que el amor propio de cualquier ser humano, sea cual sea su estatus social, se resiente con la triste experiencia cotidiana de la indiferencia ajena. Y dicha herida, en contra de las leyes de la traumatología más elemental, no se cura rápidamente, sino que sigue experimentando un escozor molesto y tenaz que, finalmente, puede provocar el reflejo condicionado de la rebelión. Aunque los más débiles, una vez cosificados y ubicados en el mundo de los objetos, quedan indefectiblemente ninguneados. Así el desocupado se queda el en el paro, el viejo en su vejez y los pobres en la calle. Y es que, lamentablemente, la ética no llega a todos. Los milenarios postulados de la ética que pensábamos que estaban ahí para siempre y con la aureola venidera de que iban a cumplirse, finalmente no se cumplieron en la medida esperada. Salta a la vista que el festín moral no está pagado a escote, ya que un gran número de oportunistas y advenedizos participan de la cosa pública con la insolencia impropia de las gentes convidadas.

Entre tanto ninguneo, España parece sumida en una crispada contienda ideológica y secesionista, a la que ya casi estamos acostumbrados. Fernando Díaz-Plaja, con su lacerante y sutil sentido del humor, describía los pecados capitales de los españoles, de este pueblo que rara vez se adapta al esfuerzo y al sacrificio, destacando, entre otros, la soberbia, cuya afición preferida es el ninguneo. En fin, confío que el auge del movimiento animalista no devenga un movimiento romántico que prescinda del hombre y centre sus esfuerzos en los animales. Hay que salvar a toda costa a las ballenas y a los buitres leonados, pero sin ningunear al minero, al desempleado y al que trabaja y vive en un ecosistema que le destruye. Y es que cuando alguien tiene la sensación de que pinta poco y su cuerpo se vuelve invisible a los ojos del otro, acaba por sentirse inútil. Y es lógico que, aunque con voz decaída y desilusionada, en un tímido alarde de resiliencia se revuelva finalmente contra quien lo humilla. En fin, es preocupante ese afán por excluir a todo monje cuyo hábito no le vista al menos de acólito, porque la exclusión es nefasta. Es, sin duda, lo que está al final del discurso: el escombro que se utiliza cuando uno se ha quedado sin palabras o nunca las tuvo.

El autor es médico-psiquiatra-psicoanalista

El desprecio, frecuente en la política con minúsculas, lo acostumbra a practicar, haciendo gala de prepotencia, quien tiene el poder

Entre tanto ninguneo, España parece sumida en una crispada contienda ideológica y secesionista, a la que ya casi estamos acostumbrados

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