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Violencia machista

Violencia machistaUnai Beroiz

Pese a que el número de denuncias por maltrato ha ascendido, el número de mujeres víctimas de violencia machista no ha disminuido. Al contrario, tras el diciembre negro del pasado año 2022, mes en el que se contabilizó una mujer asesinada cada tres días, la cifra de feminicidios superó la registrada en 2021.

La violencia contra las mujeres, que se produce más frecuentemente en el ámbito de lo privado, sigue siendo todavía un fenómeno poco visibilizado, lo que tiene como consecuencia la escasa movilización social contra dicha violencia. Pese a que la violencia contra las mujeres tiene hondas raíces sociales, culturales, religiosas y económicas, estrechamente vinculadas al desequilibrio en las relaciones de poder entre hombres y mujeres, la conciencia sociológica de este fenómeno es ocasional y débil. En fin, ahora que de forma absurda y anticientífica se ha apostado por el género en base a la disparatada teoría queer, las mujeres que se encuentran en situación de mayor riesgo de sufrir violencia machista son precisamente aquellas que han interiorizado valores tradicionalmente femeninos como son la sumisión y la obediencia, esto es, mujeres que no han desarrollado proyectos de vida propios y cuya vida está sometida a esa nefasta y patriarcal construcción social que es la supuesta identidad femenina de género. Lo cierto es que pese a un escenario tecnológicamente novísimo y abrumadoramente mediático, los hombres siguen haciendo del maltrato una práctica habitual, que se repite como un ritual atávico. Y lo que es peor aún, enrareciendo el ambiente con un discurso patriarcal que ve a las mujeres como una insustancial anatomía, y que ha conducido a muchos desalmados a violarlas e incluso, finalmente, a matarlas, porque se niegan a ser un simple objeto propiedad del hombre.

No basta con rescatar fugazmente a las mujeres de la urgencia de su necesidad, sino rubricar con firme oposición el rechazo a la nada que el machismo vende, convirtiéndola en igualdad tangible y perdurable. Obviamente lo primero que las mujeres deben asegurar es su derecho a la vida, pues la violencia machista sitúa a las mujeres en una situación de extrema inseguridad. La violencia de género no es un incidente aislado que ocurre en familias con problemas ni es consecuencia del alcoholismo de determinados hombres, sino que la violencia contra las mujeres se ejerce contra ellas por el mero hecho de serlo. La violencia machista, física o psíquica, es utilizada por los hombres como una forma de imponer su poder sobre las mujeres, que en muchos casos, siempre demasiados, acaba con un final trágico. No hay argumento que ilustre de manera más palmaria que el cuerpo de las mujeres es considerado como una propiedad del hombre que tener el poder, incluso, de poner fin a su vida cuando al varón se le antoje necesario.

La violencia machista se origina a través de tres ámbitos que interactúan entre sí, cerrando un círculo vicioso difícil de romper. En primer lugar, la violencia simbólica que genera prejuicios, ideas y mixtificaciones que terminan por construir los falsos estereotipos de género que privilegian a los hombres en detrimento de las mujeres. En segundo lugar, la violencia estructural que a lo largo de la historia han generado las instituciones políticas, sociales, jurídicas, docentes, científicas y religiosas, instituyendo la discriminación supremacista masculina. Y en tercer lugar, la violencia concreta que encuentra en la privacidad de la institución familiar el ámbito idóneo para su materialización y cuya más terrible expresión es el feminicidio. En este sentido, el discurso patriarcal acerca del amor de pareja forma parte intrínseca del proceso de socialización amorosa y sexual, que está obviamente sujeto a la atribución arbitraria de roles y expectativas distintas en función del género masculino o femenino. Hay factores que contribuyen, además, a relajar el repudio civil contra la violencia machista, como son la Ley del Sí es Sí que contiene una laguna que permite reducciones de penas y excarcelaciones, las formaciones políticas que niegan la existencia de la violencia de género, las aciagas afirmaciones religiosas que culpabilizan a las víctimas al considerar provocadoras determinadas actitudes o formas de vestir de las mujeres, o las puntuales y limitadas concentraciones de duelo y repulsa que efectúan las autoridades, a las que no acude la ciudadana por no sentirse convocada o por simple desconocimiento. En fin, la eterna minoría de edad y la consecuente obediencia y sumisión a las órdenes o deseos de sus mentores debe quedar definitivamente erradicada si se pretende acabar con la violencia machista.

Los autores son: médico-psiquiatra y psicóloga clínica, respectivamente