En los últimos días son varias las personas que, en distintos contextos, me han preguntado por los planes de crecimiento de la Universidad de Navarra. Y no es de extrañar: la expansión reciente de los campus universitarios en nuestro país y fuera de él constituye un fenómeno que despierta interés tanto desde la perspectiva académica como desde la del modelo económico. Mi intención en estas líneas, sin embargo, no es hablar de planes de crecimiento, sino más bien compartir con los lectores unas reflexiones sobre la Universidad de Navarra y Navarra.

La Universidad de Navarra comenzó en 1952 con la intención de contribuir al desarrollo de la tierra que la había acogido. En estos casi 75 años ha cambiado mucho el entorno universitario local y nacional. La comunidad foral tiene un ecosistema universitario de gran calidad y madurez conformado por la Universidad Pública de Navarra, la Universidad de Navarra y los centros asociados de la UNED, y son más de 95 las universidades presentes en nuestro país. También en estos años la Universidad de Navarra se ha ido desplegando en diversos frentes e iniciativas, desde las que de forma muy temprana comenzaron en Barcelona, con la escuela de dirección de empresas IESE, y en San Sebastián, con la Escuela de Ingeniería, hasta las más recientes en Madrid, con la sede de la clínica y la sede de posgrado. Sin embargo, algo permanece en estos cambios: hoy, como ayer, el compromiso de la universidad con la tierra que le da nombre es parte de su esencia, aunque actualmente se materialice en formas que no podían imaginar los que la comenzaron. Mencionaré dos campos en los que ese compromiso se muestra especialmente: la investigación biomédica y el centro Bioma.

Navarra, lo sabemos bien, está entre las regiones con más productividad científica en el área biosanitaria. Esos excelentes resultados tienen mucho que ver no solo con el nivel asistencial e investigador de los distintos actores, públicos y privados de la comunidad foral, sino, sobre todo, con la capacidad de aunar fuerzas y hacer cosas juntos. Aquí viene a cuento el concepto de sinergia, que se puede definir como el fenómeno por el cual la acción conjunta de dos elementos es superior a la suma de sus efectos individuales. La colaboración en investigación tiene un efecto sinérgico que la potencia más allá de lo que cada uno puede hacer de forma aislada. Y es un efecto demostrado. Remito al lector al último informe de innovación de la Fundación Cotec, que pone de manifiesto cómo el impacto innovador de una región depende tanto de las inversiones que se hagan en las instituciones generadoras de innovación como de la conexión y los proyectos compartidos que existan entre ellas. En el ámbito biosanitario tenemos un excelente ejemplo de ese trabajo conjunto en el Instituto de Investigación Sanitaria de Navarra, IdiSNA, por el que la universidad ha apostado y apuesta decididamente, siempre con el punto de mira de poner la innovación y el avance del conocimiento al servicio de los pacientes. Sirvan estas líneas para felicitar a todos los investigadores y las investigadoras de IdiSNA que han conseguido que se siga consolidando la colaboración entre los distintos grupos en la actividad investigadora, con excelentes resultados.

En segundo lugar, el centro Bioma. Una propuesta investigadora, educativa y expositiva que se está construyendo en nuestro campus de Pamplona y que aspira a hacer de Navarra un referente en investigación, educación de la ciencia y divulgación en sostenibilidad. De nuevo la palabra colaboración es clave para entender este proyecto. Su arquitecto, Patxi Mangado, explica que es inusual que lo primero en concluirse del nuevo edificio haya sido la plaza que lo acoge. Para mí es casi un símbolo de lo que queremos que sea Bioma: un lugar de encuentro entre la universidad, instituciones educativas, empresas, fundaciones, las administraciones públicas y la ciudadanía. Bioma, y en concreto el Museo de Ciencias acerca la ciencia a la calle. En estos días presanfermineros lo hace literalmente, con la “ciencia en blanco y rojo” en las marquesinas, que nos descubre el ángulo de visión del toro, la física de los flujos humanos en el chupinazo o la química de los fuegos artificiales. Su actividad también nos recuerda que a todos, de modos diversos, nos atañe la responsabilidad sobre el cuidado del medio ambiente y sobre nuestros modos de producción y consumo. Queremos –y ya está ocurriendo– que Bioma se convierta en un espacio generador de aprendizaje y de iniciativas compartidas capaces de producir un impacto positivo en nuestro entorno natural, social y económico.

Los dos ejemplos que he descrito brevemente muestran qué significa para la Universidad de Navarra apostar por Navarra. No es únicamente asegurar que una parte relevante de su actividad económica, académica o asistencial siga sucediendo aquí. Es la voluntad de crear vínculos, o, tomando ocasión del lema que acogió al papa León XIV en el Movistar Arena, de tejer redes. Unas redes de encuentro con instituciones públicas y privadas que han hecho posible el camino recorrido y a las que estamos muy agradecidos. Hace algo más de 60 años el fundador de la Universidad, san Josemaría Escrivá, cuya fiesta celebraremos en pocos días, decía que “Navarra es punto de partida, no de llegada”. Con esa expresión animaba a soñar con lo que desde esta tierra se podría hacer por el mundo. Acabo estás líneas con un deseo que es a la vez expresión de un compromiso: que todos los que tenemos responsabilidades de un tipo u otro en nuestra comunidad foral seamos capaces de promover la colaboración y eliminar las barreras que la dificultan, para que Navarra siga demostrando que la cooperación entre instituciones es una de las formas más fecundas de servir al bien común.

La autora es rectora de la Universidad de Navarra