11 de septiembre de 1973, día de la infamia. Probablemente se suceden las conmemorativas en los 50 años de la muerte violenta del presidente democrático de Chile, tras el sangriento golpe de estado de Pinochet.

No pretendo repasar lo ocurrido, personas con más conocimiento político seguramente lo están analizando estos días. El resumen es conocido por todo el mundo. Presidente democráticamente elegido, intentando reformas sociales en un país del cono sur de América donde las diferencias sociales son infinitamente mayores que en Europa. Muchísimas dificultades, y poco a poco las presiones de los poderes económicos, religiosos, y militares más el probable apoyo desde el exterior, que derivaron en el golpe del 11 S.

También es conocido y recordado que un hombre de 65 años, que probablemente pudo escoger el exilio, y vivir sus todavía buenos años en Francia, o en muchos otros países europeos que le habrían acogido, eligió la dignidad eterna a la vida, y murió defendiendo el despacho presidencial que el pueblo chileno le había encomendado. “Pagaré con mi vida la lealtad del pueblo…”.

Lo que pretendo recordar, porque es mucho menos conocido, es que este descendiente de emigrantes vascos estudió la carrera de Medicina y ejerció como médico mucho antes de dedicarse a la política. Y que fue uno de los promotores del desarrollo de la entonces incipiente “salud pública”. Unas ideas que en paralelo al desarrollo de las ciencias médicas centradas en el diagnóstico de las enfermedades y el desarrollo de nuevos fármacos, empezaron a comprender que entre las principales causas de que las personas vivan sanas o enfermen también tienen que ver, y mucho, las condiciones sociales. La economía, la alimentación, la educación… La salud laboral y la salud mental, que fue otro de los intereses permanentes de su carrera.

Más tarde inició su carrera política y se centró en reformas sanitarias, que siempre entendió como inseparables de los derechos sociales. El binomio madre-niño. La tuberculosis. Las toxicomanías. Las enfermedades profesionales. El seguro social. Los accidentes de trabajo. La medicina preventiva. Los programas de medicamentos. Y ya, como presidente de la República de Chile, la política de salarios. La política de alimentación. La política de vivienda y arrendamientos. La reforma de las leyes de seguro obligatorio. La reforma de las leyes de medicina preventiva, aumentando las coberturas. El refuerzo del control de drogas y medicamentos…

Tras el golpe, miles de personas fueron torturadas y asesinadas. Pero algunos de sus colaboradores pudieron huir a Europa. Y se convirtieron en referentes de la incipiente salud pública. Entre ellos el profesor Hernán San Martín, que se refugió en París y ejerció de profesor de Salud Pública en la Universidad de la Sorbona.

Yo empecé a estudiar Medicina en el otoño de 1973. Y en un curso posgrado asistí a las enseñanzas de Hernán San Martín. La medicina occidental ya muy desarrollada en lo tecnológico, empezaba a comprender también la importancia de la Salud Pública con mayúsculas. Y se empezaba a desarrollar la Atención Primaria como el marco de juego. La promoción de la salud y la prevención de las enfermedades como estrategias. Y la medicina de familia como el instrumento. Toda mi vida he entendido mi dedicación a la sanidad pública más como un deber y un compromiso social, que como una profesión aunque también lo fuera. Con independencia de si me pagaban mejor, peor y a veces nada por ello. Desde luego he tenido aquí en Navarra buenos profesores de los que aprender. Pero seguro que una parte de lo mejor que haya podido aportar a lo largo de mi carrera tiene su origen en ese Chile de 1973.

Así que gracias Dr. Allende por su enorme ejemplo. “Más temprano que tarde se abrirán las grandes alamedas por donde pasará el hombre libre para construir una sociedad mejor”.

El autor es médico jubilado