Un estudio publicado en la revista Nature Scientific Reports contradice la teoría de que los neandertales se extinguieron. En este estudio los científicos plantean que esos otros humanos no llegaron a desaparecer por completo, sino que fueron absorbidos genéticamente por el Homo sapiens. Un escenario que sugiere que ambas poblaciones se mezclaron durante miles de años hasta quedar diluida por completo la identidad genética neandertal. El trabajo realizado por un grupo de investigadores de la Universidad de Roma Tor Vegata emplea un modelo matemático que evalúa cómo la convivencia prolongada entre neandertales y humanos modernos pudo conducir a una fusión progresiva de sus genes. Según plantea la investigación, este proceso habría requerido de un intervalo de entre 10.000 y 30.000 años y se habría producido en Eurasia.

Los científicos afirman que, según los análisis de ADN disponibles en la actualidad, las personas de ascendencia no africana conservan entre un 1 % y un 4 % de material genético neandertal. Una huella que apoya la idea de que la desaparición de los neandertales fue un proceso lento y marcado por el contacto continuo. Un estudio publicado en la revista Science, muestra que los humanos modernos conservaron algunos rasgos genéticos clave de los neandertales que pueden haberles dado una ventaja evolutiva. Uno se relaciona con su sistema inmunológico. Cuando los sapiens salieron de África, se enfrentaron a nuevas enfermedades. El cruce con neandertales proporcionó protección a su descendencia. Tal vez obtener ADN neandertal fue parte del éxito porque nos dio mejores capacidades de adaptación fuera de África.

Se sabe que los neandertales no se originaron en África, como los sapiens, sino que aparecieron en Eurasia y eran cazadores-recolectores. Su existencia se remonta a 400.000 años y desaparecieron hace unos 30.000 años. Se ha descubierto en los neandertales, junto a sus habilidades artísticas y otras destrezas cognitivas, evidencias del cuidado hacia enfermos y niños. En el suroeste de Francia, en el yacimiento La Chapelle aux Saints, se descubrieron en 1908 unos restos cuidadosamente enterrados de un varón de unos 40 años que vivió hace unos 50.000 años. Investigaciones posteriores revelaron que a este Homo neanderthalensis le faltaban la mayoría los dientes lo cual le impediría comer con normalidad, a lo que se sumaba una grave osteoartritis y un problema degenerativo en el pie derecho. Con estas dolencias, su papel dentro de la comunidad se vería mermado, pero eso no significó que los suyos lo abandonaran. Analizando sus restos, los científicos creen que el varón recibió protección por parte del grupo hasta su muerte. Según los autores, su salud habría empeorado progresivamente, pero los restos escrupulosamente enterrados reflejan que permaneció dentro de la comunidad hasta que murió. Un estudio difundido por la Universidad británica de York revela que estos hombres neandertales buscaban el bienestar de los demás. Para la arqueóloga Penny Spikins, esta actitud compasiva hacia los enfermos  demuestra que los neandertales sentían emociones. El hombre neandertal tenía un profundo y arraigado sentido de la compasión. Las sociedades neandertales fueron altamente colaborativas, estuvieron cohesionadas y emocionalmente motivadas para cuidar a otros que fueran vulnerables, incluyendo a los niños, resalta Spikins.

Tal vez, alguna cría perdida de homo sapiens habría sido recogida por algún grupo de neandertales que la habrían cuidado y alimentado como a uno más de la manada hasta hacerla uno de ellos. Esto se habría repetido innumerables veces a lo largo del dilatado período de tiempo en que ambas especies de humanos convivieron en el territorio que hoy es Europa. De esta forma se habría producido la inevitable hibridación de ambos grupos. Podemos imaginar a una hembra neandertal cantando una nana al frágil y extraño niño sapiens y dándole calor y ternura como si fuese su propio hijo. Porque es posible que los neandertales cantasen y enseñasen a cantar a sus hijos, como enseñan a cantar los pájaros a sus polluelos.

El arqueólogo británico Steven Mithen, autor de un ensayo sobre las capacidades musicales del cerebro neandertal, cree que estos otros humanos usaban una forma de comunicación prelingüística, basada en las variaciones del tono, el ritmo y el timbre de sus voces, un lenguaje musical con el que expresaban emociones y fomentaban el sentimiento de grupo. Esa identidad grupal es la que ayudó a estos antiguos pobladores europeos a resistir los estragos climáticos y les permitió sobrevivir. Mithen cree que los neandertales se podrían haber comunicado de forma cuasimusical. Esto invita a reflexionar sobre la aparición del lenguaje y a reconsiderar el profundo impacto del sonido y el ritmo en nuestro viaje evolutivo. Para Mithen, la melodía definía nuestra humanidad antes de que las palabras tomaran forma, porque el lenguaje seguramente surgió de la imitación de los sonidos naturales. Una teoría reciente sostiene que el lenguaje y la música podrían tener un origen común. La música forma parte del comportamiento humano desde el nacimiento. Basta comprobar cómo los bebes se sienten atraídos por la música.

Desde tiempos inmemoriales, los humanos se han comunicado mediante un sistema de sonidos y eso les ha permitido evolucionar como especie. ¿Cuándo surgió la primera lengua?. Hace unos 7.000 años, el territorio de lo que hoy es Europa estaba poblado por cazadores-recolectores, grupos homogéneos de humanos que vivían en cuevas, que cazaban animales y recolectaban plantas, eran los descendientes directos de los primeros sapiens que llegaron a Europa hace unos 40.000 años. Durante 33.000 años estos cazadores-recolectores fueron los únicos humanos en Europa hasta que llegaron los agricultores indoeuropeos. ¿Qué idioma hablaban los cazadores? Hablarían a lo sumo dos o tres idiomas de la misma familia. La única lengua preindoeuropea que aún se habla en la actualidad, el euskera, podría haberse originado hace varios miles de años. Pero de lo que no hay duda es de que cuando se originó el protoeuskera (o una de cuyas familias derivó el protoeuskera), la población humana era muy reducida y el número de idiomas hablados podría contarse con los dedos de la mano, con lo cual podría deducirse que ese protoeuskera sería una de las pocas lenguas que utilizaron los humanos para comunicarse en aquellos remotos tiempos. Según Theo Vennemann, profesor de la Universidad de Múnich, ese fue el sustrato lingüístico sobre el que posteriormente se asentaron las lenguas europeas. Cita, entre otros ejemplos, que las palabras vascas ibai e ibar se encuentran en numerosos ríos europeos, o la palabra aran, en topónimos como Aran, Arendal (municipio de Noruega), Ahrntal (Valle de Aurina-Tirol) o Arnsberg (municipio de Alemania).

El autor es analista