Comienza un nuevo año, como siempre cargado de propósitos. Y es que el año nuevo es una forma de renovarnos, de volver a ilusionarnos con nuevos proyectos, nuevos objetivos, en definitiva, nuevos propósitos en los que orientar nuestra vida de una forma mejor, más positiva, más coherente y que haga sentirnos mejor. Esto es lo que habitualmente hacemos año tras año, pero, ¿nos hemos parado a reflexionar en qué tipo de propósitos hacemos?

Las ONGD somos optimistas por nuestra propia constitución y naturaleza social, y por eso creemos que los cambios personales, nuestros propósitos, deberían hacerse pensando en la sociedad. Como decía Kant: “Sapere aude” (¡atrévete a pensar!) pero a pensar en el bien común, para que nuestro futuro pueda ser mejor. Aprender a pensar, sin dejarse llevar por lo que sea, no para vivir sin ningún objetivo claro, sin pensar hacia dónde voy, ni sin pensar qué debo hacer, sino para formar una persona. Ante el preocupante panorama actual, creemos que hay esperanza. Hay esperanza cuando sigue habiendo una parte de la sociedad que responde ante un genocidio, ante un político tirano o ante una agresión, un desahucio, una devastación de la naturaleza, un lobby de multinacionales contra el cambio climático…

Pensemos que, aunque los propósitos sean personales, pueden repercutir en nuestro entorno. Vivimos, nos guste o no, en sociedad y nuestras decisiones son de gran responsabilidad, aunque creamos que nos afectan sólo a nivel individual. El individualismo imperante defiende, de forma muy sucinta, que “si yo estoy bien, la sociedad estará bien”, es decir, el éxito o el fracaso depende de uno mismo. Este pensamiento es falso y enormemente egoísta ya que no todo el mundo parte de la misma posición económica o social. Este individualismo nos puede llevar a una insensibilidad abrumadora. Cuando, desde los centros educativos o cualquier otro ámbito educativo, se está trabajando en la gestión de las emociones y la empatía con nuestro entorno, desde otros ámbitos (redes sociales, programas de televisión, películas, influencers…) se está potenciando el mirarnos el ombligo hasta tal punto que no importa el fondo del mensaje, sino en sentirme bien yo. Necesitamos un cambio de perspectiva que, por lo menos, decidas qué quieres ser con una mínima reflexión, no qué me apetece hacer en cada momento.

Todo comienza con un propósito. Así pues, este año 2026, escojamos un propósito duradero, que no sea sólo ir al gimnasio o aprender un idioma, que sea algo que tenga repercusión como adquirir actitudes responsables con nuestro entorno como: consumir local, de Comercio Justo, ecológico, cambiar nuestras facturas de luz a una cooperativa de energía solidaria, cambiar a un banco ético que no invierta en genocidios, no comprar productos en los que hay detrás explotación laboral o infantil o una empresa sionista, apoyar o formar parte de movimientos sociales… Pero algo que suponga un cambio en nuestra vida, que sea un verdadero propósito en el que, cuando termine el año 2026, podamos decir: ¡lo he cumplido!

Firman esta carta: Luis González (Setem Navarra-Nafarroa) y Jesús Blanco (Proclade Yanapay)