Detesto la palabra polarización cuando se utiliza para referirse al fenómeno por el cual tanto la política como la opinión pública se dividen en dos extremos opuestos. Ya sé que este significado está cogido por los pelos porque, en realidad, es en el campo de la Física donde tiene su origen y sentido preciso. El conjunto de la sociedad con su complejo funcionamiento y sus dinámicas sociales y políticas no se comporta de la misma manera que un campo eléctrico o electromagnético, pues solamente en este terreno sabemos que existen los polos negativos y positivos. Y, curiosamente, se comportan de forma antagónica al campo social, los polos opuestos se atraen y los iguales se repelen. Volviendo al área social, la complejidad es infinitamente mayor. Casi diría que resulta inabarcable porque en ella coexisten multitud de variables de todo tipo que hacen que su simplificación nos resulte inverosímil y ridícula. Existen palabras en nuestro diccionario, muy rico y extenso, que se pueden acercar más a la idea que se quiere expresar. Me inclino a utilizar esta otra palabra, exageración. Y dejar la polarización donde estaba.

Esa exageración es patrimonio principal del Partido Popular y de Vox, que llevan al extremo los modos en los que llevan a cabo su función de oposición a este Gobierno. Lo que hace que la confrontación y el debate por la hegemonía de uno u otro modelo social y económico sea inviable en ese momento. Es comprensible que la competencia por lograr el objetivo de gobernar sea feroz e, incluso, que no está exenta de cierto grado de teatralización e ironía. Sin embargo, en estos tiempos, la que ha llegado a tal grado de exacerbación que deja de ser verdaderamente útil. La argumentación ha desaparecido y ahora se nos ofrece un espectáculo con altísimos niveles de hostilidad y agresividad expresada en las palabras y comentarios destructivos hacia el adversario. El necesario diálogo se carga con una excesiva emocionalidad insana que acaba bloqueando la capacidad de raciocinio.

Centrar nuestra atención únicamente en el constante enfrentamiento entre los partidos políticos que luchan por el poder, nos da una impresión falsa de la realidad que vivimos. Esa realidad compleja, diversa, contradictoria y muchas cosas más queda escondida tras ese juego de trileros, como le llamaba Daniel Innerarity hace unas pocas semanas en este mismo rotativo. Ahí radica la trampa. Mucho ruido y pocas nueces.

Y lo peor de todo es que este estado de cosas ha llegado a la calle y se ha colado en nuestras conversaciones, convirtiéndolas en una partida de tenis de mesa, juego de donde se lanzan las ideas grumosas, como diría el profesor Emilio Lledó, condensaciones de medias verdades junto con ideas falsas que nos dejan indemnes sin tener la posibilidad de reflexionar, dudar, escuchar y entender. En este sentido, podemos observar cómo los comportamientos que aprendemos y repetimos en nuestra vida cotidiana están formateados, además de lo anterior, por la enorme influencia que las redes sociales ejercen sobre nosotros. Ocurre que la forma virtual en que nos comunicamos acaba calando en las respuestas que nos damos en las relaciones presenciales. Somos rehenes de la simplificación de lo complejo, de la falsedad y el efectismo en la difusión de ideas y noticias que difunden algunos medios, pero lo más preocupante es, en mi opinión, la intolerancia. Da la impresión de que no podemos soportar la diferencia de opiniones y preferencias. Todo se vuelve dicotómico. No hay dialéctica factible entre posiciones diferentes. Y lo peor de todo es que no se busca la síntesis. O sea, esa posibilidad de conjugar ideas y avanzar. Todo se presenta como si fueran dogmas, verdades reveladas desde el más allá. Si no se comparte ese dogma de fe, inmediatamente se sataniza al otro. También se recurre a etiquetarlo con algunos rótulos tomados del ámbito de la psicopatología. Se trata, por ejemplo, de descalificarlo con el sustantivo fobia. No es una enfermedad, sino pura intolerancia. Y, en consecuencia, tiene solución. Se trata de decidirse a cambiar para mejorar.´

Coagular el pensamiento, esa capacidad de la que disponemos los seres humanos es un arma mortífera, creo yo. Sentirnos más libres porque renunciamos al esfuerzo de ejercer esa capacidad es renunciar al mayor bien que poseemos. El filósofo alemán, Günter Anders, advertía, ya a mediados del siglo pasado, que de seguir así sólo nos quedaría la frivolidad como norma de la felicidad humana y como modelo de libertad. A lo que la Premio Nobel polaca, Wislawa Szymborska, añade otra perspectiva interesante, dice textualmente: “pensar es la mayor lujuria”. Quizá por eso, probar el fruto prohibido del conocimiento y descubrir que la libertad, aún con sus tensiones, es un puro deleite.

La autora es psicóloga clínica