Oímos un estruendo y supimos que no era un temblor de la tierra en Caracas, situada en un estrecho valle formado por la cordillera de la costa, sino que provenía del cielo, y corrimos a los balcones y pudimos ver el enorme avión que se elevaba con dificultad en el aeródromo de La Carlota, solo apto para helicópteros. Sobrevolaba a duras penas sobre nuestras cabezas y se perdía hacia el oeste de la ciudad. Comprendimos que algo grave ocurría y, con los medios de la época, nos fuimos informando que el dictador militar Marcos Pérez Jiménez había sido derrocado por el ejército, los estudiantes y la Iglesia, tras años de mandato autoritario. Fue en su tiempo cuando entraron las grandes empresas petroleras americanas con sus potentes maquinarias para refinar el petróleo y se dio el auge económico que favoreció a la economía del país. Por cierto, la suya propia. Del militar y su familia.

Como a la hora del estruendo, la gente salió a la calle y comenzaron los cantos y bailes de gloria y esperanza por un futuro democrático muy tímidamente ensayado, pero siempre anhelado. Venezuela, con Simón Bolívar, fueron pioneros en la independencia de América, pero fue sufriendo en los años republicanos una secuencia de dictadores y confrontamientos civiles detenidos en ese tiempo casi milagroso que va de 1958 hasta la llegada de Chávez, que propició un golpe de estado que también presencié. Aquella madrugada uno de los aviones bombarderos de Chávez se estrelló en La Carlota, Caracas. Encogida de miedo, silenciosa, aguantó Venezuela el golpe fallido.

Viví en Venezuela 17 años maravillosos, pues fueron los de mi juventud, me casé y tuve allí mis tres primeros hijos y ejercí la profesión de mi vida gracias a la apertura democrática que se dio a la a caída del dictador y al impulso educativo. La libertad y democracia se asociaron a un aliento cultural sin precedentes, que se vio favorecido por los ingresos del activo petrolero. La vieja universidad que provenía de la época colonial fue ubicada en unas estructuras modernas en los campos de una vieja hacienda y su biblioteca roja, abastecida con las mejores colecciones de libros del mundo, pareció generar progreso en todas las áreas científicas y culturales. Hoy está hecha una ruina porque las dictaduras siempre intentan acabar con el pensamiento.

Fue el tiempo venturoso de dirigentes mundiales que hablaban con la razón, incluso con la poesía. JF Kennedy con su “Alianza para el progreso”, entre otras cosas que impulsó, con aquel aluvión de libros para ascender a la altura de lo imposible, y aquel lema un hombre un libro. Kennedy cargaba con la guerra de Vietnam, pero detuvo la tercera guerra mundial, deteniendo barcos de guerra rusos en el Pacífico camino a Cuba. Allí estaba Castro, el hombre que pronunciaba un hombre un arma, y hoy se están viviendo los mismos derroteros, pero no tenemos los dirigentes de aquel tiempo. El papa Juan XXIII, desatascando la iglesia de Pío XII, introduciendo a la mujer en sus filas, que somos la mitad de la humanidad. Martin Luther King, revolviendo el horrible problema de la esclavitud y clamando por la hermandad humana.

Fueron voces que no nos duraron mucho ya que Kennedy y King fueron asesinados, y

Juan XXIII murió anciano, pero sus mensajes convulsionaron el corazón de la humanidad y debieran seguir apoyando la causa de la carta de los derechos humanos. Sin ella apenas valemos más que un esclavo en el siglo XVIII, y apenas hemos avanzado en la evolución que impulsó la humanidad, al salir de la cueva original y conquistar las estrellas.

La autora es bibliotecaria y escritora