El Instituto de la Universidad de las Naciones Unidas para el Agua, el Medio Ambiente y la Salud (UNU-INWEH), una de las 13 instituciones que conforman la Universidad de las Naciones Unidas (UNU), el brazo académico de la ONU, conocido como “El Think Tank de la ONU sobre el Agua”, UNU-INWEH (en sus siglas en inglés), acaba de publicar el informe “Quiebra global del agua: Viviendo más allá de nuestros recursos hídricos en la era poscrisis”.
Este informe declara que el mundo ya ha entrado en la era de la bancarrota global del agua. Se trata de un informe muy contundente en el que se hace una descripción muy profunda sobre la situación crítica y extrema del agua a nivel global y que aboga por un nuevo paradigma que es la quiebra de muchos sistemas hídricos. Resulta de interés la definición de los conceptos de estrés, crisis y quiebra hídrica y es singular la analogía, en el último caso, al de quiebra financiera.
La bancarrota global del agua se define como un estado persistente de fallo tras una crisis. En este estado, el uso prolongado del agua y la contaminación han superado los flujos renovables y los límites de agotamiento seguros. Partes clave del sistema hídrico ya no pueden volver de forma realista a los niveles anteriores de suministro y función del ecosistema.
Términos como estrés hídrico y crisis hídrica ya no son suficientes para describir las nuevas realidades hídricas del mundo. Muchos ríos, lagos, acuíferos, humedales y glaciares han sido empujados más allá de los puntos de inflexión y no pueden volver a superar las líneas base. El lenguaje de crisis temporal ya no es preciso en muchas regiones.
El ciclo global del agua ha superado su límite planetario seguro. Junto con el clima, la biodiversidad y los sistemas terrestres, el agua dulce ha sido empujada fuera de su espacio operativo seguro.
Miles de millones de personas viven con inseguridad hídrica crónica. Alrededor de 2.200 millones de personas siguen careciendo de agua potable gestionada de forma segura, 3.500 millones carecen de saneamiento gestionado de forma segura y casi 4.000 millones enfrentan una grave escasez de agua durante al menos un mes cada año. Casi tres cuartas partes de la población mundial vive en países clasificados como críticamente inseguros por el agua.
La bancarrota global del agua también es un desafío de justicia, seguridad y economía política. Sin un compromiso deliberado con la equidad, los costes del ajuste recaerán de forma desproporcionada en los agricultores, las comunidades rurales, los pueblos indígenas, los residentes urbanos informales, las mujeres, los jóvenes y otros grupos vulnerables.
Siempre se habla de puntos calientes, como ciertas zonas de África, pero este estudio habla de una alarma global. ¿Qué problemas son característicos de Europa? En Europa, aunque tradicionalmente se perciba como una región menos vulnerable, los problemas son evidentes: sobreexplotación de acuíferos, especialmente en zonas agrícolas intensivas; degradación de ríos y humedales; pérdida de calidad del agua por contaminación difusa y urbana; y una creciente frecuencia de sequías prolongad fuas, especialmente en el Mediterráneo.
La Directiva Marco del Agua del año 2000 fue un esfuerzo notable para mejorar la calidad, que fomentó una acción coordinada en muchos países. La crisis climática está zarandeando muchos de los objetivos y métodos establecidos. El nuevo marco discursivo de bancarrota hídrica global conlleva la honestidad de diagnosticar a nivel local, y sobre la base de las evidencias científicas, aquellos sistemas hídricos para los que se debe plantear la nueva agenda del agua.
En esta situación, surge la transición hídrica justa, que es un cambio urgente en la planificación y gestión del agua hacia un modelo sostenible y justo para enfrentar la crisis del agua, reemplazando la explotación ilimitada por una economía circular y un nuevo contrato social basado en la sostenibilidad.
Esa transición requiere actuar también en Navarra, e implica que la prioridad del abastecimiento humano sea una realidad efectiva; reducir las demandas agrarias a través de una reducción del regadío con reparto social del agua, de forma que dicha reducción recaiga sobre los regadíos agroindustriales y los que están en manos de grandes empresas agrícolas, a la vez que se apoya a los regadíos históricos y pequeños agricultores; transformar las prácticas agrícolas y ganaderas, hacia modelos con menos contaminación y otros impactos ambientales, ante la evidencia creciente de los impactos asociados a la ganadería industrial; atajar la contaminación urbana e industrial, en particular de sustancias peligrosas; y aplicar un programa ambicioso de restauración fluvial, que ya se viene haciendo, aunque con más recursos, renaturalizando las riberas y con caudales ecológicos adecuados; y avanzar en la gobernanza del agua, mejorando la recuperación de los costes del agua incluyendo los ambientales, con una mayor coordinación entre administraciones y entre las distintas políticas que afectan al agua (hidrológica, agraria y ambiental) y con una mejora sustancial de la participación ciudadana en las decisiones sobre el agua.
El tiempo se agota. El viejo modelo ha colapsado. La transición hídrica es una urgencia que debe comenzar ya. La actual agenda global del agua ya no es adecuada para el Antropoceno. Un enfoque limitado en el agua potable, el saneamiento y pequeñas mejoras en eficiencia no será suficiente para resolver los crecientes riesgos relacionados con el agua. De hecho, ese enfoque limitado comprometerá cada vez más el progreso en la acción climática, la protección de la biodiversidad, la gestión de la tierra, la seguridad alimentaria y la paz.
El autor es presidente de la Fundación Clima / Klima Fundazioa y Premio Nacional de Medio Ambiente