La no ética del impuesto de sucesiones
En una sociedad de libre mercado, el principio ético que justificaría directamente la asignación de un ingreso es: “A cada cual según lo que él y lo que posee produzca”.
¿Cuál es la relación entre este principio y otro que parece éticamente atractivo, a saber, la igualdad social? En parte, los dos principios no son contradictorios.
Dados dos individuos a quienes estamos dispuestos a considerar iguales en capacidad y recursos iniciales, si uno tiene un mayor gusto por el ocio y el otro por el emprendimiento, la desigualdad de retorno a través del mercado es necesaria.
Una gran parte de la desigualdad que vemos en la sociedad actual refleja también las diferencias iniciales en las dotes recibidas, tanto en términos de capacidades humanas como de propiedad. Ésta es la parte que plantea un problema ético realmente difícil.
Se sostiene ampliamente que es esencial distinguir entre la desigualdad en las dotes personales y la propiedad, y entre las desigualdades que surgen de la riqueza heredada y la riqueza adquirida. La desigualdad resultante de las diferencias en las capacidades personales o de las diferencias en la riqueza acumulada por el individuo en cuestión se considera apropiada o al menos no tan claramente inapropiada como las diferencias resultantes de la riqueza heredada.
Podemos plantear esta misma pregunta de otra manera. Un padre que tiene una riqueza que desea transmitir a su hijo puede hacerlo de diferentes formas. Puede utilizar una determinada suma de dinero para financiar la formación de su hijo para ser, por ejemplo, contador público autorizado, o para lanzarle al mundo de los negocios, o para establecer un fondo fiduciario que le proporcione ingresos inmobiliarios.
En cualquiera de estos casos, el niño tendrá un ingreso más alto de lo que tendría de otra manera. Sin embargo, en el primer caso se considerará que sus ingresos provienen de sus capacidades personales; en el segundo, de las ganancias; en el tercero, de la riqueza heredada. ¿Existe alguna base para distinguir por motivos éticos entre estas categorías de ingresos? En definitiva, parece ilógico decir que un hombre tiene derecho a lo que ha producido debido a sus capacidades personales o al producto de la riqueza que ha acumulado, pero que no tiene derecho a transmitir ninguna riqueza a sus hijos; decir que una persona puede usar sus ingresos para llevar una vida desenfrenada, pero que no puede dárselos a sus herederos. Esta última opción es una forma más de utilizar lo que ha producido.
¿Estamos dispuestos a instarnos a nosotros mismos o a nuestros semejantes a que cualquier persona cuya riqueza exceda el promedio de todas las personas en el mundo debe deshacerse de inmediato del exceso distribuyéndolo por igual entre todos los demás habitantes del planeta? Podemos admirar y elogiar tal acción cuando la ejerzan unos pocos. Pero un requerimiento universal como el impuesto de sucesiones es profundamente antiético y choca frontalmente con los valores occidentales que defienden una sociedad libre con igualdad de oportunidades.
El gran logro del capitalismo no ha sido la acumulación de propiedad, sino las oportunidades que ha ofrecido a hombres y mujeres para ampliar, desarrollar y mejorar sus capacidades.
Volviendo a la distribución de la renta, existe una clara justificación para una acción social de un tipo muy diferente a los impuestos que afecte a la distribución de la renta.
La extensión y ampliación de las oportunidades educativas ha sido un factor importante que tiende a reducir desigualdades. Medidas como éstas tienen la virtud operativa de atacar las fuentes de la desigualdad en lugar de simplemente aliviar los síntomas, tal y como hace actualmente el impuesto de sucesiones.