Cáncer, avances y dignidad: cuando curar no siempre es posible, pero cuidar siempre lo es
En las últimas décadas, la oncología ha vivido una transformación sin precedentes. Los avances tecnológicos, diagnósticos y terapéuticos han cambiado de manera radical el pronóstico de muchas enfermedades oncológicas que, no hace tanto, se asociaban casi inevitablemente a una supervivencia limitada. La biología molecular, la medicina personalizada, la inmunoterapia, las nuevas técnicas quirúrgicas y la radioterapia de alta precisión han permitido aumentar de forma significativa la supervivencia y, en muchos casos, convertir el cáncer en una enfermedad crónica.
Hoy hablamos de más años de vida, pero también de mejor calidad de vida durante el proceso de la enfermedad. Y este es, sin duda, uno de los mayores logros de la medicina moderna. Detrás de cada estadística hay personas que han podido ver crecer a sus hijos, retomar proyectos vitales o simplemente ganar tiempo valioso. Celebrar estos avances es no solo justo, sino necesario.
Sin embargo, la realidad asistencial nos recuerda cada día que el cáncer sigue siendo, en demasiadas ocasiones, una enfermedad incurable. A pesar de todos los progresos, muchos pacientes llegarán a un punto en el que el objetivo ya no será prolongar la vida a cualquier precio, sino aliviar el sufrimiento, acompañar y preservar la dignidad hasta el final. Es aquí donde los cuidados paliativos cobran todo su sentido.
La atención integral del paciente oncológico no puede limitarse al tratamiento del tumor. Implica también atender el dolor físico, el sufrimiento emocional, las necesidades sociales y las inquietudes espirituales. Saber escuchar, acompañar y estar presentes cuando las opciones curativas se agotan. Y, sobre todo, implica reconocer que el final de la vida forma parte del proceso y que merece ser vivido con el mismo rigor clínico y la misma humanidad que cualquier otra etapa de la enfermedad.
En este contexto, la planificación anticipada de decisiones se convierte en una herramienta clave. Hablar a tiempo sobre los valores, deseos y preferencias del paciente no significa rendirse, sino respetar su autonomía. Permite evitar intervenciones desproporcionadas, reduce la incertidumbre en momentos críticos y ayuda a que las decisiones finales estén alineadas con lo que la persona considera digno.
Además, este proceso no solo beneficia al paciente. Las familias, frecuentemente desbordadas por la carga emocional del final de la vida, encuentran en la planificación anticipada y, por ende, en los cuidados paliativos, un apoyo fundamental. Saber que las decisiones tomadas respetan la voluntad del ser querido facilita la aceptación de la pérdida y contribuye a un duelo más saludable, sin culpas ni dudas que se arrastran en el tiempo.
Los cuidados paliativos forman parte de la oncología moderna, porque estando integrados en ella, ayudan a realizar el cuidado holístico que el paciente requiere. No se trata de elegir entre curar o cuidar, sino de entender que cuidar es siempre una obligación, incluso cuando curar ya no es posible. Los cuidados paliativos deben estar presentes de forma precoz, adaptándose a las necesidades cambiantes del paciente y acompañando tanto en la enfermedad avanzada como en el final de la vida.
En el Día Mundial contra el Cáncer, celebremos los avances científicos que han permitido salvar y prolongar tantas vidas en Navarra. Pero no olvidemos que una medicina verdaderamente avanzada es también aquella que sabe acompañar, aliviar y respetar. Porque medir el progreso solo en años de supervivencia es insuficiente si no somos capaces de garantizar dignidad, alivio y humanidad hasta el último momento.
La autora es directora médico Hospital San Juan de Dios Pamplona-Tudela