La cosa viene de lejos, en concreto del desarrollo de los imperios de todos los tiempos por su ambición siempre la misma: crear estructuras de dominio. Siempre ha existido un impulso hacia el proceso globalizador que debe ser corregido, pues la unidad no puede lograrse con la uniformidad, a no ser utilizando la violencia militar y económica.
Desde 1945, los muros adquirieron una presencia sin precedentes, desde Berlín hasta Palestina, pasando por Chipre, las mesetas de Cachemira, Corea o Belfast. Cuando acabó la Guerra Fría, se dijo que era el momento para el desmantelamiento de muchos muros. En lugar de eso, nació una nueva división más inhumana que los muros defensivos.
A partir de la Segunda Guerra Mundial se multiplicaron y siguen creciendo, más altos y más siniestros. Desde Cisjordania hasta Kosovo, desde las urbanizaciones cerradas de Egipto o México, sin olvidar la enorme empalizada que separa a este país de Estados Unidos.
En las antiguas polis, solo en tiempos de crisis o asedio se ordenaba el cierre de las puertas. Los romanos y los emperadores chinos construyeron grandes muros, pero su intención no era encerrar sino marcar los límites fronterizos de sus imperios como un sistema de alerta temprana.
La caída del muro comunista de Berlín (1989) parecía el comienzo de un tiempo de reconciliación. Sin embargo, no fue así, continuando en Palestina, y más tarde en Cachemira, Corea, en Chipre y entre Etiopía y Eritrea, a añadir a los ya existentes en Ceuta y Melilla que sirven de contención a la inmigración subsahariana, mientras Marruecos ha construido una serie de muros en territorio del pueblo saharaui.
Muros como el que parte en dos a Corea; otro muro entre Arabia Saudita e Irak, los que dividen India y Pakistán, los muros entre Kuwait e Irak. Hoy clama justicia especialmente la cárcel genocida al aire libre en la Franja de Gaza y los muros de cemento en Cisjordania. A todo esto hay que añadir el hacinamiento de millones de refugiados estancados en Turquía y en Grecia que venían huyendo del hambre o la guerra en sus territorios: afganos, pakistaníes, sirios, confinados en situaciones lamentables, a pesar del estatus de refugiado que ampara el Derecho Internacional mientras la Unión Europea les ningunea pagando para que no entren en el corazón –de piedra– europeo.
Todo apunta a que, si nuestra civilización fuese arrumbada, no sería tanto por situaciones externas, sino desde dentro, por la descomposición a la que habría llegado nuestra incivilización. Algo así ocurrió en el imperio romano.
Donald Trump y sus compañeros de camada son un ejemplo actual de la deriva que se extiende por muchos otros lugares despreciando el papel de la ONU. En la UE, sin ir más lejos, crecen las opciones electorales de gobierno que siguen la estela de Trump…
¿Qué hacer ante semejante quiebra amoral? Apelar a recomponer y aplicar el Derecho Internacional es imprescindible. Pero la indiferencia de quienes vivimos muy bien resulta letal porque ayuda a quien le favorece este estado de cosas. La amenaza viene también de los muros financieros y los aranceles económicos de por medio. Porque todos los muros se levantan sustentados en nuestra indiferencia, y algunos gracias al voto democrático que aúpa a tipos como Trump o Abascal. Nos vendieron la globalización como el proceso que desmantelaba todas las fronteras, pero no ha sido así, quedando la justicia fuera.
Lo novedoso es que esta hipocresía se practica descaradamente mediante un lenguaje de posverdad que niega la realidad y convence. George Orwell estuvo acertado imaginando en su novela 1984 una consigna totalitaria que se da en nuestros días gracias a tipos como Trump, Netanyahu o Putin: “La guerra es la paz”. Pero todos vemos que eso no funciona porque acarrea más exclusión. El miedo a perder la identidad y el confort también conduce a fiarlo todo a los muros utilizando la violencia y las técnicas consumistas de asimilación que nos empobrecen a todos. Nada de esto funciona salvo para una minoría, lo cual nos abre a la esperanza de que otro orden mundial es posible. No sería la primera vez.
Pero hace falta que democráticamente acabe el silencio de los buenos. Edmund Burke escribió que para que el mal triunfe sólo se necesita que los hombres buenos no hagan nada. Martin Luther King dijo algo similar: No me preocupa tanto el grito de los violentos, de los corruptos, lo que más me preocupa es el silencio de los buenos. Pensemos que la sociedad se corrompe no tanto por la acción de los malvados como por la pasividad de los buenos. Lo digo para que en las próximas elecciones no nos quedemos en casa y vayamos a votar con el corazón y la cabeza.