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Psicología, Inteligencia Artificial y conciencia

Psicología, Inteligencia Artificial y concienciaCedida

En el marco del Día Internacional de la Psicología, reflexionamos sobre cómo se han expandido sus métodos y campos de aplicación. Una disciplina que ha sido impulsada, entre otros aspectos, por la neurociencia y la revolución digital. La psicología ya no se limita a la consulta tradicional, actualmente está presente en redes sociales y aplicaciones. Además, la Inteligencia Artificial (IA) está transformando tanto la práctica clínica como el objeto de estudio de la mente.

En los años cincuenta surgió la metáfora de la mente como un sistema de procesamiento de información, una idea que influyó tanto en el desarrollo de la psicología cognitiva como en el nacimiento de la inteligencia artificial. Desde entonces, la IA ha pasado de modelos basados en reglas a sistemas de aprendizaje automático, capaces de extraer patrones de grandes volúmenes de datos de un modo que recuerda, en parte, a cómo las personas aprenden a través de la experiencia. Este cambio no solo transforma la tecnología, sino también el entorno en el que vivimos: un ecosistema hiperconectado en el que los algoritmos participan activamente en nuestras decisiones cotidianas. En consecuencia, la psicología debe analizar cómo esta nueva realidad digital influye en nuestra autonomía, nuestra toma de decisiones, la autoestima y las relaciones interpersonales.

Es cierto que el uso de la tecnología puede aportar beneficios en el ámbito de la salud mental. Ha democratizado el acceso a la atención psicológica mediante psicoterapias online, una alternativa que puede ser efectiva para eliminar barreras geográficas y sociales. El riesgo es que se conviertan en terapias de baja calidad y poco valoradas. Se han creado múltiples herramientas digitales: aplicaciones para el manejo del estrés, meditación, seguimiento del ánimo y chatbots terapéuticos. Estos procedimientos ofrecen la posibilidad de convertirse en complemento entre sesiones, además de poder dar asistencia a cualquier hora del día o de la noche.

Pero en este nuevo entorno, existen desafíos éticos y riesgos clínicos. A pesar de sus ventajas, el uso de la IA en terapia presenta escollos significativos que exigen una regulación en el ámbito asistencial. Las limitaciones de diagnóstico ocasionadas debido a que los sistemas pueden malinterpretar síntomas complejos, fallar en la detección de riesgos graves u ofrecer recomendaciones genéricas poco adecuadas. El manejo de datos emocionales sensibles implica riesgos de filtraciones o uso comercial. Tampoco existe claridad legal sobre quién es responsable cuando una IA ofrece una orientación perjudicial. A la vez, existe el riesgo de que las personas desarrollen apego excesivo al sistema o sustituyan las relaciones humanas reales por la interacción con máquinas. Puede darse lo que se conoce como ilusión de empatía a diferencia de la experiencia humana.

Actualmente, uno de los retos que tienen las empresas que desarrollan IA es la computación afectiva. Permite a las máquinas reconocer expresiones y tonos de voz. Pero reconocer no es sentir. Es cierto que la IA puede aparentar comprensión mediante patrones lingüísticos, pero le falta experiencia subjetiva, conciencia y responsabilidad moral. El éxito clínico, entre otras cosas, depende del vínculo entre terapeuta y paciente, una relación que puede empobrecerse si se reduce a un intercambio algorítmico.

La psicoterapia no es solo la aplicación de técnicas, sino una práctica que conlleva valoración clínica, ética y singularidad. El sufrimiento humano no siempre es cuantificable ni predecible a través de modelos estadísticos.

La pregunta clave no es si la IA puede aparentar una conversación, sino si puede contener la complejidad moral y relacional de acompañar el dolor humano. En un modelo de atención integral como el de nuestro hospital, la mirada y atención al sufrimiento se realiza desde la presencia y la conciencia, herramientas terapéuticas básicas, que los algoritmos no pueden replicar. Por ello, la IA debe ser vista como una herramienta complementaria, nunca como un sustitutivo de la terapia profesional.

El autor es responsable del Área de Psicología del Hospital San Juan de Dios Pamplona-Tudela