En tiempos donde lo inmediato y lo cercano parecen acaparar toda la atención política, conviene detenerse a reflexionar sobre qué define realmente a una ciudad. No solo sus calles, sus servicios o su crecimiento económico, sino también su capacidad de mirar más allá de sí misma. De entender que el mundo no termina en sus fronteras administrativas.

Hace treinta años, el Ayuntamiento de Pamplona-Iruña tomó una decisión que hoy merece ser revisitada: apostar por la cooperación internacional como política pública. No como un gesto simbólico ni como una acción puntual, sino como un compromiso sostenido en el tiempo. Una apuesta que, vista con perspectiva, ha contribuido a construir una identidad propia: la de una ciudad solidaria.

Los datos son elocuentes: miles de proyectos, decenas de países, millones de euros invertidos. Pero reducir la cooperación a cifras sería un error. Lo verdaderamente relevante es lo que esas cifras representan: acceso a agua potable, empoderamiento de mujeres, oportunidades para jóvenes, protección del medio ambiente y fortalecimiento democrático en múltiples territorios. En definitiva, vidas concretas que han mejorado.

Sin embargo, la cooperación no solo transforma realidades lejanas; también moldea la conciencia de quienes la impulsan. Porque cooperar implica reconocer la interdependencia. Supone asumir que los grandes desafíos de nuestro tiempo –la desigualdad, la pobreza, la crisis climática– no entienden de fronteras. Y, por tanto, tampoco deberían hacerlo nuestras respuestas.

Pamplona ha entendido algo que hoy resulta más necesario que nunca: que la política local puede –y debe– tener una dimensión global. Que las ciudades no son actores menores en el tablero internacional, sino espacios desde los que se pueden generar cambios reales. Frente a la tentación creciente del repliegue, del “mirar solo hacia dentro”, este modelo ofrece una alternativa basada en la responsabilidad compartida.

No faltan voces que cuestionan la cooperación internacional. Que la presentan como un lujo prescindible en tiempos de incertidumbre. Pero esa visión no solo es miope, sino también peligrosa. La cooperación no es caridad, ni tampoco una concesión ideológica: es una herramienta esencial para construir un mundo más estable, más justo y, en última instancia, más seguro para todos.

Eso sí, también es necesario evolucionar. La cooperación del futuro deberá ser más innovadora, más participativa y más eficaz. Tendrá que adaptarse a un mundo más complejo y cambiante. Pero hay algo que no debería perder nunca: su enfoque centrado en las personas y su vocación de colaboración horizontal. No se trata de “ayudar” desde una posición de superioridad, sino de construir soluciones compartidas desde el respeto mutuo.

Treinta años después, la experiencia de Pamplona deja una enseñanza clara: las ciudades, por pequeñas que parezcan frente a los grandes problemas globales, tienen capacidad de influir. Pueden tender puentes, generar alianzas y contribuir a transformar realidades.

En un contexto internacional marcado por la incertidumbre y la fragmentación, reivindicar la cooperación es, en el fondo, una forma de responder a una pregunta más profunda: quiénes somos y quiénes queremos ser.

Iruña, al menos, parece tener clara su respuesta.

El autor es concejal de Cooperación al Desarrollo del Ayuntamiento de Pamplona