Vi el anuncio. Soy, eso que se dice un parado de larga duración. Por mi edad y condición, no encuentro acomodo y es alto el precio por vivir. Aún, apenas viviendo, es caro esto del vivir. Parece que, a causa de la violencia nocherniega, precisa el ayuntamiento de aquella figura de nostalgia pura que fue el sereno. Yo no había ido al ayuntamiento buscando nada. Sólo quería hacer unas preguntas. Por ser de interés colectivo pensé que en ese ayuntado lugar por excelencia, sabrían responderme a algunas de ellas. Creo que soy parado de larga duración porque no sé qué hacer en este mundo. Tampoco qué hago en este mundo y desconozco todo sobre la muerte que ha de llegar llegando y esto no necesita preguntarse. Quizá me respondieran alguna cosa. Quizá no dijeran nada y me mandaran a otro lugar de menos fuste. Vi el anuncio y sentí que fuera dable que yo pudiera acomodarme a esa figura del sereno que, es sabido, hizo el bien siempre que pudo. Al principio, el aviso me causó un estupor blanco, como de vacua incredulidad. Era un espejismo o el reclamo burlón de un viaje en el tiempo. Los viajes en el tiempo no me interesan mucho. Soy de esos tipos que creen que el tiempo no existe, y si existe es solo en lo tangible. Creo que las preguntas que llevaba conmigo al ayuntamiento eran de hechura intangible. De ahí mi ansiedad y mis dudas. Mis dudas y mi ansiedad.
No era una burla, ni la invitación a ningún viaje en el tiempo. Era verdad verdadera. Se necesitaba un sereno en quien confiara el pueblo en todas las noches que siguieran a esta noche. Mucha violencia. Al parecer. Y las noches son las noches. Me interesé por el puesto de sereno. Yo. A mi edad. Sereno. Fue una señorita, inmersa en tatuajes azulones y mascando chicle o cualquier otra sustancia –quién lo puede saber– quien me dijo que, efectivamente, el puesto era el puesto y que nadie se había presentado. Sonrió burlonamente. Ella. La chica. Me apresuré indicándole que yo necesitaba manduca. Ella dijo, qué dice buen hombre. Palabras que agradecí. Mucho. Esas palabras. La expliqué que necesitaba el puesto porque era muy caro y muy difícil este asunto del vivir. Y yo, de momento y sin voz en contra, tenía que vivir.
Pase usted a esa salita y lo llamarán. También dijo esto la chica y –mientras tiraba el chicle– pude ver un narradito en su brazo que rezaba amo a Ingrid. Bueno, pensé que lo mejor es que la chica corriera y se lo dijera a Ingrid. Hoy, el amor tampoco existe. O casi. No la dije nada y esperé en la salita. Frente a mí un enorme cuadro con un trazo que semejaba a una figura humana. Era azul. El trazo. Sea un bot. No más preocupaciones. Abajo, en la parte inferior, casi saliendo del cuadro, una dirección de correo electrónico. La figura carecía de expresión. Ni un mal gesto. El bot.
Fue bueno esperar. Me dieron el puesto. Ya era sereno oficial en la gran ciudad. Me convocaron en los bajos del ayuntamiento a las diez de la noche de ese mismo día. Era un día esquivo y bullicioso. Veríamos la noche. Mi cometido era intervenir en el inicio exacto de cualquier altercado. Debía recordar a los alborotados alborotadores que eran seres humanos. Que todos somos seres humanos y somos hijos de Dios. Luego debía acompañarlos a sus casas, acostarlos y cantarles una pequeña canción. Estoy seguro. Todo iría bien. No era mucha la soldada, pero daba para eso que llaman mollar en el asunto del vivir.
Unas líneas para mi amigo Ángel de Miguel. Siempre. Javier.