El pasado 1 de abril, un cohete SLS despegaba del Centro Espacial Kennedy, en Florida (EEUU) y ponía rumbo a la Luna. A bordo de una cápsula Orion, cuatro astronautas tienen previsto dar la vuelta al satélite y regresar. Si lo logran, serán los primeros humanos en sobrevolarlo desde 1972. Es la segunda misión del programa Artemis, liderada por la Agencia Nacional del Espacio y la Atmósfera estadounidense (NASA).
Esta misión trae consigo la misma carga política e ideológica que pesó en la primera carrera espacial (1957-1972). Si aquella fue una competición entre EEUU y la Unión Soviética, esta es una pugna entre Washington y China, que también ha manifestado su intención de poner a seres humanos en la Luna. Pero, al contrario que la competición por ser los pioneros en el espacio, inspirada por un deseo de exploración científica y cierta ambición ideológica de liderar “el progreso de la humanidad”, esta misión está manchada por la descarnada ambición de la oligarquía tecnológica hegemónica en el actual EEUU. El objetivo declarado de NASA es “asegurar la superioridad estadounidense en el espacio”. “Estamos ganando: en el espacio, en la Tierra y en todo lo que hay entre medias”, escribió el presidente Donald Trump antes incluso del despegue de la Artemis 2.
En un contexto bélico en que caen bombas y drones sobre Irán, continúa el genocidio sobre el pueblo palestino y la crisis energética provocada por el cierre del estrecho de Ormuz se ensaña con los más vulnerables, nos llegan ecos de “un supuesto triunfo occidental” con el regreso a la Luna que, por ahora, ha costado la friolera de 93.000 millones de dólares, según datos de la BBC.
La carrera espacial actual utiliza la Luna como un “banco de pruebas” fundamental para alcanzar Marte y otros destinos del sistema solar, impulsada por recursos estratégicos detectados en nuestro satélite. En el siglo XXI, según las investigaciones del Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA, la Luna contiene tres elementos fundamentales presentes que le hacen extremadamente útil de cara a la exploración espacial, y también para su explotación.
Estudios basados en datos de la NASA sugieren que existen cientos de miles de millones de toneladas de hielo de agua. De hecho, la Sociedad Planetaria menciona que las observaciones indican más de 600 mil millones de kilogramos de agua helada, que serían suficientes para llenar 240.000 piscinas olímpicas.
El segundo elemento importante es el helio 3, que es un isótopo del helio, muy raro en la Tierra, pero abundante en el suelo lunar. Se ha llegado a decir que el helio 3 es el combustible ideal y limpio para lograr la fusión nuclear.
El tercero son los metales raros. En la Luna hay 15 de ellos, que se usan en la fabricación de los componentes electrónicos de los teléfonos móviles, las tabletas y los ordenadores. El 90% del suministro de estos metales raros viene actualmente de China.
Lo que parece ser, según afirman diversos analistas, es que la ambición de demostrar fuerza y de enviar humanos a la superficie de la Luna y adelantarse a China, tiene que ver mucho con un negocio de cientos de miles de millones de dólares, que, como todos los grandes negocios dependientes del Gobierno de Trump, es cuanto menos vidrioso.
En un interesante artículo publicado en eldiario.es, el astrofísico de la Universidad de la Sorbona, Jorge Hernández Bernat, viene a decir “lo que a mí me preocupa más profundamente no es el logro simbólico que el gobierno de Trump persigue, sino la forma en que EEUU pretende imponer un orden internacional en el espacio que pone en peligro la conservación del entorno natural y nos aboca al conflicto”. Continúa el astrofísico diciendo que “el derecho espacial internacional se fundamenta en cinco grandes tratados desarrollados en el seno de la ONU en los años 60 y 70, a través de un diálogo multilateral en el que todos los estados parte tuvieron posibilidad de intervenir. En 2020, Estados Unidos promovió los Acuerdos Artemis, que no fueron discutidos en el marco de la ONU, sino que han sido dictados exclusivamente por Estados Unidos. El desprecio al multilateralismo no es nuevo. Obviamente, China no ha firmado estos acuerdos, y sus propias misiones en la Luna no operarán sobre este marco legal que Estados Unidos pretende imponer sin negociación”.
Es previsible un conflicto territorial en relación con la explotación de recursos en la Luna, de quién es la Luna, en qué beneficia ir a la Luna desde el punto de vista colectivo y en qué lo perjudica, entre otras cosas, son preguntas que debería hacerse cualquier ciudadano o ciudadana responsable, y, desde luego, cualquier gobernante que asegure representarlo.
En opinión del astrofísico Jorge Hernández Bernal, “lo que hacemos en el espacio debería ser un asunto más sujeto al escrutinio de la sociedad civil, en especial en el contexto de la crisis climática y ecológica. No tengo claro hasta qué punto deberíamos o no gastar recursos en enviar humanos a la Luna. Lo que sí tengo claro es que, si determinamos que ese es un objetivo deseable, podríamos hacerlo a través de la cooperación internacional honesta, y por una fracción reducida del peligrosamente creciente gasto militar”.
La nueva carrera espacial refleja una intensa competencia geopolítica y una militarización creciente del espacio exterior. Aunque el Tratado del Espacio Exterior de 1967 busca que sea un bien común pacífico, las potencias espaciales –con EEUU y China a la cabeza– están convirtiendo la órbita y la Luna en escenarios estratégicos de “doble uso” (civil y militar), en contraposición a la necesidad de cooperación internacional para asegurar la supervivencia humana ante las crisis ecológicas y sociales actuales.
El autor es presidente de la Fundación Clima y Premio Nacional de Medio Ambiente