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Tribunas

Comunicar o aparentar

Comunicar o aparentarEduardo Parra

Muchos ciudadanos comparten –aunque no siempre se formule de manera explícita– la intuición de que buena parte de la comunicación de nuestros políticos no busca explicar la realidad de su gestión, sino construir un relato sobre ella. Vender. No trata tanto de aclarar qué hacen, si cumplen con lo prometido, en sus plazos… como de transmitir que se ha hecho lo mejor, como nunca antes y, siempre, más que otros. Importa más la percepción que la verdad.

Este desplazamiento lo anticipaba George Orwell cuando advertía que “el lenguaje político está diseñado para hacer que las mentiras suenen veraces”. Hoy, ese diagnóstico se ha sofisticado. La política encuadra, selecciona y jerarquiza la información. Decide qué datos destacar, cuáles omitir y en qué tono presentarlos. Siempre, claro está, en beneficio propio. Y en ese proceso, la realidad queda inevitablemente filtrada, oscurecida e, incluso, oculta.

Un ejemplo reciente puede observarse en el debate sobre la satisfacción ciudadana del sistema sanitario, que obtiene buenos resultados. Pero las encuestas realizadas olvidan preguntar justamente sobre el aspecto que tensiona el sistema: su acceso, es decir, las listas de espera. Contamos con una excelente sanidad y con unos profesionales volcados en su trabajo; el problema es el acceso al mismo. No preguntar sobre ello significa actuar como el avestruz: no saber, como si ello funcionara.

Otro ejemplo lo tenemos con la segunda fase del Canal de Navarra, que arrastra unos retrasos incomprensibles, teniendo en cuenta el éxito de la primera fase. El coste de oportunidad que se pierde por no tener los 70 kilómetros entre Pitillas y Ablitas es tremendo (en empleo, en recaudación…) y lo más grave es que nadie puede decir aún en qué fecha un agricultor de la Ribera podrá regar con agua del canal. Sin embargo, el mensaje político se centra en que se están haciendo avances, pero de plazos ni hablar. Algo parecido ocurre con el TAV: se están haciendo inversiones como nunca antes, eso es cierto, pero ningún dirigente se atreve a plantear un cronograma. Así que en ambas infraestructuras el relato se centra en que se hacen cosas, que se avanza, pero se obvian los retrasos acumulados y se evita a toda costa comprometerse en plazos.

Este modo de comunicar tiene graves consecuencias. Me centro en dos. La primera, el empobrecimiento de la acción de gobierno. Si la comunicación política de relatos optimistas invade el espacio del debate, ahoga el reconocimiento de los problemas reales y su posterior gestión. Preocupa la comunicación (apariencia) y no tanto gobernar de verdad. Como al estudiante que copia, que le preocupa más aparentar –incluso engañando– que aprender. Tras aprobar copiando, se engaña diciendo que la próxima vez estudiará. Pero acaba copiando cada vez más: hasta que le pillan… porque se le pilla. Mientras tanto, ¿cuánto tiempo hemos perdido sin hacer nada? El “vamos bien” oculta la realidad y el margen de mejora que tenemos, a veces crítico. Cuando no ha hay gobierno sino apariencia de él, lo sufre el país, la región, el proyecto común, que no tiene guía real, no avanza.

La segunda consecuencia es la erosión de la confianza por parte del ciudadano. Cuando éste percibe que el discurso político no coincide con su experiencia cotidiana –cuando le dicen que la inflación baja pero su cesta de la compra sube, o que la sanidad mejora mientras espera meses para una consulta– se produce una fractura. Primero quizás piensa que no entiende del tema, pero pronto descubre detrás de las palabras altisonantes el engaño y muy poca honradez. Eso produce cabreo –le toman por tonto– y desconexión: terreno abonado para el populismo, la desafección y el debilitamiento institucional.

Frente a esta deriva, hay otra forma de comunicar desde lo público. Algunas claves. Primera, asumir que la transparencia no consiste en ofrecer datos positivos, sino todos los datos relevantes, positivos y negativos. Esto implica contextualizar, reconocer límites y explicar incertidumbres.

Segunda, abandonar la lógica de la comparación interesada. El estamos mejor que otros o en esta posición ayuda a entender la dificultad o el mérito de la gestión por comparación, pero nunca debe encubrir la inacción del político actual. Lo importante es qué estás haciendo tú. Y el hemos hecho más que ninguno aporta poco al ciudadano que quiere entender su realidad concreta. La comunicación pública debería centrarse más en la acción propia que en el ranking.

Tercera, lejos de desprestigiarlas, incorporar evaluaciones independientes. Entidades como la Cámara de Comptos, la Airef, Institución Futuro –cada una en su ámbito– han nacido para analizar políticas públicas con rigor y autonomía. No buscan la crítica política ni van contra nadie –no es su función– sino el juicio sobre la realidad de la acción. Dar oídos y visibilidad a estos análisis –aunque no siempre sean favorables– refuerza la credibilidad del conjunto del sistema. Y escuchar es de sabios.

La cuarta es recuperar ese lenguaje honesto que implica también reconocer errores o admitir que determinadas decisiones no han producido los resultados esperados. Parece arriesgado, pero a medio plazo fortalece la relación con la ciudadanía.

En última instancia, la cuestión de fondo no es comunicativa, sino democrática. La política debe aspirar a ser creíble y comprendida. Y la credibilidad no se construye sobre relatos interesados, sino sobre una relación adulta con la verdad. En un contexto marcado por la sobreinformación, la polarización y la desconfianza, apostar por una comunicación que busque esclarecer en lugar de persuadir es condición necesaria para promover el respeto hacia la acción política y la calidad de nuestras instituciones.

El autor es presidente del Think Tank Institución Futuro