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Tribuna

El reto de Navarra es anticiparse a la enfermedad

El reto de Navarra es anticiparse a la enfermedadJavier Bergasa

En las útlimas semanas asistimos a un nuevo episodio de conflicto entre el Sindicato Médico de Navarra y la Administración. Es legítimo que existan reivindicaciones laborales, pero como paciente informado no puedo evitar pensar que el debate público se centra demasiado en cuestiones corporativas y demasiado poco en lo esencial: cómo mejorar la salud de la población.

Por otro lado, algunas propuestas relacionadas con la compatibilidad entre actividad pública y privada merecen una reflexión cuidadosa. No tanto por las intenciones individuales, sino por los incentivos que pueden generarse: cuando ambos ámbitos conviven, existe el riesgo de que surjan dinámicas que, sin ser necesariamente intencionadas, acaben tensionando las listas de espera y debilitando la confianza en el sistema público, uno de sus principales activos.

Un problema que se construye durante años

Sin embargo, lo esencial en nuestro contexto está bastante claro. La mayoría de las muertes en nuestro entorno no se deben a enfermedades repentinas o inevitables. En gran medida responden a procesos que se han ido gestando durante años sin que nos demos cuenta. Enfermedades cardiovasculares, cáncer y patologías respiratorias encabezan las causas de mortalidad en España. A ellas se suman los problemas de salud mental, que, aunque en términos globales generan menor mortalidad directa, tienen un enorme impacto, especialmente en población joven, donde el suicidio constituye una de las principales causas de muerte.

Detrás de muchas de estas enfermedades hay un patrón común: no aparecen de la noche a la mañana, sino que son el resultado de la acumulación de factores de riesgo a lo largo del tiempo. Fumar, llevar una dieta poco saludable, sedentarismo, consumo de alcohol, hipertensión, colesterol elevado o diabetes no actúan de forma aislada. Se suman, interactúan y, con los años, acaban produciendo enfermedad.

Por eso, la clave no está solo en tratar, sino en detectar y actuar antes.

El papel clave de la atención primaria

En este punto, la atención primaria juega un papel fundamental. Es el primer contacto con el sistema sanitario y el lugar donde se puede prevenir, detectar precozmente y hacer seguimiento de las enfermedades crónicas. Gracias a ella se desarrollan programas de cribado de cáncer, se controlan factores de riesgo cardiovascular y se promueve la vacunación o el abandono del tabaco. Gran parte de los infartos e ictus podrían evitarse con un buen control continuado de estos factores.

Sin embargo, el modelo actual tiene una limitación evidente: en muchos casos depende de que el paciente acuda a consulta. Es decir, el sistema reacciona cuando la persona ya ha dado el paso o cuando los síntomas han aparecido. Pero ¿y si pudiéramos adelantarnos?

Al mismo tiempo, existe una oportunidad que a menudo se infrautiliza: aprovechar cada contacto del paciente con el sistema sanitario –aunque sea por un motivo no relacionado– para identificar y abordar factores de riesgo. Una toma de tensión, una breve valoración del hábito tabáquico o del consumo de alcohol, o un consejo estructurado sobre ejercicio y alimentación pueden incorporarse de forma sencilla a la práctica diaria. Este enfoque, bien protocolizado y apoyado en enfermería, puede ser altamente eficaz y eficiente, al actuar sin necesidad de generar consultas específicas adicionales.

Una prevención más proactiva es posible

Hoy disponemos de herramientas tecnológicas que permiten dar un salto cualitativo en prevención. No se trata de grandes innovaciones futuristas, sino de algo mucho más sencillo: utilizar mejor la información que ya existe y facilitar que la población participe activamente en el cuidado de su salud.

Imaginemos, por ejemplo, un sistema en el que, a partir de los 40 años, cualquier persona pudiera enviar una vez al año algunos datos básicos desde su domicilio: su presión arterial medida en casa, su peso y talla, si fuma o no, cuánto ejercicio realiza o su consumo de alcohol. A esto se podría añadir, cuando sea posible, una glucemia o un colesterol realizado en farmacia, en un reconocimiento laboral o en el propio centro de salud.

Con esa información, un sistema informático podría identificar de forma automática a las personas con factores de riesgo no conocidos o mal controlados. No haría falta que todos acudieran a consulta para valoración de sus riesgos. Solo aquellos en los que se detectaran valores anómalos recibirían una indicación para completar el estudio o acudir a una valoración, en muchos casos liderada por enfermería.

El valor de reforzar el papel de enfermería

Este punto es especialmente relevante. La detección precoz y la intervención sobre hábitos de vida –como el abandono del tabaco, la mejora de la alimentación, el fomento de la actividad física o la reducción del consumo de alcohol– forman parte del núcleo de competencias de enfermería y constituyen una de las herramientas más eficaces para reducir enfermedad futura. Reforzar este papel no supone sustituir a otros profesionales, sino aprovechar mejor las capacidades de cada uno dentro del sistema.

Pensemos en un ejemplo sencillo. Una persona que se mide la tensión en casa y obtiene cifras elevadas durante varios días y las envía a su centro de salud podría recibir un aviso para repetir la medición de forma correcta. Si se confirma el problema, el sistema le indicaría contactar con su enfermera del centro de salud. De este modo, se detectaría una hipertensión que, de otro modo, podría haber pasado desapercibida durante años.

Esto no solo permitiría diagnosticar antes, sino también actuar antes. Y en enfermedades como las cardiovasculares, actuar antes marca la diferencia.

Un sistema más eficiente y centrado en las personas

Además, este enfoque tendría otras ventajas importantes. Por un lado, refuerza la implicación de la población, haciéndola más consciente de su propia salud. Por otro, permite al sistema sanitario centrar sus recursos en quienes realmente lo necesitan, evitando consultas innecesarias y reduciendo la sobrecarga asistencial. Al mismo tiempo, orienta una parte relevante de la prevención hacia profesionales específicamente formados para ello.

En este sentido, una estrategia más proactiva de detección y seguimiento de factores de riesgo, con un mayor protagonismo de enfermería, podría contribuir también a disminuir parte de la carga asistencial médica, permitiendo que los médicos dediquen más tiempo a procesos complejos, diagnóstico y toma de decisiones clínicas.

Lejos de aumentar el trabajo de los profesionales, un sistema bien diseñado podría hacerlo más eficiente. La clave está en filtrar la información y establecer protocolos claros: qué datos generan una alerta, quién debe actuar en cada caso y cómo se realiza el seguimiento.

La tecnología ya está, falta dar el paso

Este tipo de enfoque no es ciencia ficción. Las herramientas tecnológicas necesarias existen y su uso en prevención es ya una realidad en distintos contextos. La cuestión no es si se puede hacer, sino si queremos hacerlo de forma decidida.

En Navarra, la aplicación del Servicio Navarro de Salud-Osasunbidea “Carpeta personal de salud” supone un avance en el acceso a la información por parte de la ciudadanía. Sin embargo, su planteamiento sigue siendo fundamentalmente unidireccional: permite consultar datos, pero no facilita una comunicación fluida desde los pacientes hacia el sistema sanitario ni la incorporación estructurada de información relevante para la prevención.

Dar el siguiente paso es clave. Estas herramientas deberían evolucionar hacia modelos de comunicación bidireccional que permitan no solo informar, sino también recoger datos de salud de forma sistemática, identificar riesgos de manera precoz y activar respuestas asistenciales proporcionadas.

Conviene recordar que Navarra no es ajena a este tipo de iniciativas. Hace más de una década, el Servicio Navarro de Salud-Osasunbidea ya pilotó en el consultorio de Arre una aplicación integrada en la historia clínica con objetivos similares. Hoy, con una mayor madurez tecnológica y una población cada vez más familiarizada con el uso de dispositivos digitales, las condiciones son aún más favorables.

Un cambio de enfoque necesario

No se trata de sustituir a los profesionales ni de añadir más burocracia, sino de utilizar mejor la información disponible para prevenir antes que curar. Sabemos cuáles son los principales factores de riesgo, sabemos cómo detectarlos y sabemos que intervenir a tiempo salva vidas.

Quizá ha llegado el momento de que el debate sanitario incorpore con más fuerza la perspectiva de los pacientes. No solo cómo organizamos el trabajo de los profesionales, sino cómo organizamos mejor la prevención.

La prevención del siglo XXI no pertenece al futuro. Está al alcance de nuestra mano.

El autor es paciente informado jubilado, especialista en Medina Interna y Medicina de Familia