A UPN hace tiempo que se le atragantan los mapas. Si pudiera, que no puede, acabaría con el país del euskera que no es otra cosa que Euskal Herria. Está deseando también que desaparezca el euskera porque la lengua nos hace culturalmente diferentes. El euskara nos hace euskaldunak, es decir, vascos. Es que euskalduna significa vasco, además de poseedor del euskera. Es que es así. Y al que no le guste pues… ¡que se dé tres vueltas! Esto es como las lentejas. Si quieres las comes y si no… las dejas. Euskal Herria es un concepto identitario que se ha utilizado desde hace varios cientos de años. Las tierras del euskera conforman por otra parte un mapa que es el que es. No hay otro. Luchar contra la lógica de las cosas es tan absurdo que ciertamente no puede llevar a ninguna parte. Al país del euskera no se le puede amputar su centralidad. No hay persona ni territorio que pueda sobrevivir sin los latidos de su corazón.

Yolanda Barcina hablaba de la “quimera” de Euskal Herria ante el micrófono que yo sostenía mientras pensaba: ¡Pero si me tiene enfrente, me tiene que estar viendo y yo soy Euskal Herria y sabe que lo soy!

Carteles de carretera, mapa del tiempo de ETB, ahora camisetas del Athletic…

A mí me parece que cuando se está matando moscas es porque no hay trabajo en la cocina.

Sobreviven desde 2015 en el desierto de no pillar cacho, sumidos en un mundo de contradicciones. Defienden el derecho de la sociedad Napardi a tomar decisiones en su junta directiva alegando que se trata de una entidad privada y se revuelven contra el Athletic como si el club de fútbol vizcaíno no lo fuera.

Cristina Ibarrola menosprecia a las mujeres que friegan escaleras cuando su herencia materna está en un pueblo valdorbés donde para desplazarse desde la Venta hasta lo alto de Hirigoien hay que subir y bajar obligatoriamente cuestas y escaleras que a veces habrá que limpiar.

La Baja Navarra nunca es mencionada entre las defensas a ultranza de UPN y, sin embargo, el pueblo de Ibarrola está en las tierras de Bidaxune, Amikuze y Ostibarre. ¿Ya sabrán que los habitantes de Baja Navarra se sienten tan navarros como los de la Alta y que a Iruña la llaman Hiri Buruzagia?

En lo tocante a las camisetas de fútbol hay que decir que no es la primera vez que la derechona se pone imposible con los colores.

A mi padre y a mis tíos, niños entonces, les quemaron las camisetas de Osasuna porque como eran rojas…

Esta gente sabe que sus propuestas y sus hechos son, además de ilógicos, extravagantes. Pero actúan así, más que nada para molestar.

En este rincón del planeta hay un pasado que conocemos bien. En Navarra y en Tolosa y en Azpeitia y en tantos otros lugares de Euskal Herria arrascas un poco por debajo de la txapela y te encuentras con un carlista. Mi bisabuelo era un superviviente de la Tercera Guerra Carlista, muy defensor él de la causa de Carlos VII y a su hijo, mi abuelo, lo asesinaron por socialista. Creía yo que entre ellos había tenido que haber un gran desencuentro, pero me equivocaba. Nunca tuvieron una bronca por cuestiones ideológicas. Sencillamente resulta que la sociedad evoluciona.

Hay movimientos sociales y políticos que nacen, se desarrollan y finalmente desaparecen, sobre todo cuando no evolucionan. Y cuando eso ocurre pues se acabó y a otra cosa. Que se lo digan a los de Unidad Alavesa que querían ser como Navarra. Pues ¡parece que va a ser al revés!

No hace falta ser un visionario para entender que cuando alguien hace política del absurdo, se está encaminando hacia el precipicio. Tardará más o menos, pero la marcha atrás está ya atascada.

Yo no soy futbolero. Así que no ambiciono tener una camiseta de ningún equipo. No obstante, el Athletic me resulta hoy más cercano. A veces descubres a los amigos cuando te enteras de quiénes son sus enemigos.