En la legislatura de la covid, 2019-2023, el Parlamento navarro recibió la visita de todos los grupos y personas que tenían algo que pedir, explicar, aportar, criticar en relación a la salud, a la atención sanitaria, a Osasunbidea y a la relación que el Departamento de Salud debía tener con las diferentes áreas concernidas en lograr una mejora de la salud para todos.
Todos los grupos políticos escuchamos y tomamos nota, todos, excepto el representante de Navarra Suma, que solo abrió la boca para saludar y despedirse.
Todo aquel trabajo quedó recogido en una ponencia de salud que reflejaba los profundos cambios necesarios en el sistema para hacer que la atención sanitaria en Navarra continuase siendo de calidad en los próximos años.
Dos palabras fueron constantes en los diferentes expertos: ambición y valentía para acometerlo. Nadie dijo que fuera fácil y todos preveían que las decisiones iban a incomodar a los profesionales.
En las tres últimas legislaturas se han consolidado más de 900 plazas estructurales de personal sanitario y se ha pasado de 932 millones de euros de presupuesto en 2015 a 1.561 en 2026.
Todo esto está muy bien, pero también en la sanidad, se puede dar la paradoja de que el sistema no mejore, aunque se aumenten los recursos. Entre otras cosas, porque ha aumentado el número de habitantes en Navarra, porque las necesidades de una población más envejecida son cada vez mayores y por el incremento del coste de la vida. Hay que hacer algo más. Hay que hacer otras cosas para que el sistema no se convierta en insostenible.
Y en eso estamos, un equipo con un consejero al frente que ha mostrado mirada larga y coraje. Mirada larga en la defensa de la sanidad pública y coraje para negociar “agravios y derechos de los profesionales”, modificaciones en las formas asistenciales que son más una rémora que una solución, estrategias sanitarias novedosas, investigar y diagnosticar las bolsas de ineficiencia, etcétera.
La pancarta decía: “yo también soy trauma”. No, no todos somos traumas, no todos somos médicos, ni tan siquiera somos personal sanitario. Pero todos y todas somos pacientes. Y los pacientes observan entre atónitos y consternados cómo son ellos los que sufren las consecuencias de los plantes de algunos profesionales ante el intento de otros profesionales por mejorar el sistema.
Defender el sistema público de salud es defender, también, a los médicos. Sobre todo a los que están comprometidos con la sanidad pública, los que cumplen con lo pactado en cuanto a las horas de consulta, los que cumplen los horarios aunque no tengan que fichar, los que no dejan a su suerte a los residentes en urgencias, los que no ponen mala cara al personal de enfermería cuando son requeridos en horas intempestivas, a los que les duele tener que hacer huelga porque en esos días se pierde todo lo ganado en listas de espera, a los que no se jactan de que con dos tardes de peonadas ya han subsanado el descuento en su sueldo por haber hecho huelga. Es decir, a la mayoría de los médicos y médicas de nuestro querido Osasunbidea que hacen todo su trabajo con el agravante de trabajar en una situación fuertemente tensionada con momentos de sobrecarga laboral muy estresante, como puede ser urgencias y trauma; y con la sensación de ser especialmente observados.
Pero todos convinimos entonces, y ahora es aún más acuciante, que esta situación necesita cambios profundos y radicales. Y esto no se hace desde la inercia de la queja ni desde la crítica liderada por un sindicato que no aporta propuestas reales o factibles. Se hace con compromiso, con valentía, y asumiendo retos como: la ley de sanidad, dotar de mayor autonomía a los centros, reorganizar el mapa sanitario o plantear una mayor racionalización en los servicios de urgencias tanto hospitalarios como rurales. Con la ambición de dar el mejor de los servicios y poniendo al paciente en el centro del sistema.
Firman este artículo: Ana Ansa Ascunce, Piluka García Castellano, Esther Cremaes Mayorga, Juana García Santamaría y Armando Redondo Izal