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Tribunas

No olvidemos nuestra historia común

No olvidemos nuestra historia comúnEuropaPress

Las noticias de estos últimos tiempos tienen, todas, un mismo tono. Guerra en Ucrania. Tensiones en Oriente Próximo. Guerra comercial entre Estados Unidos y China. Aranceles. Restricciones tecnológicas. Competencia por materias primas estratégicas. Rearme. Bloques económicos… El diagnóstico parece difícilmente discutible: la geopolítica ha vuelto al primer plano, abandonando nuestros líderes el multilateralismo y actuando cada vez más guiados por sus intereses nacionales.

El mundo está cambiando. Sin embargo, no todo cambio es a mejor. Porque quizá convenga recordar algo que a veces olvidamos: el mundo actual, con todas sus imperfecciones, es el resultado de una de las mayores experiencias de cooperación internacional de la historia, que ahora queremos abandonar.

Tras la Segunda Guerra Mundial, las naciones vencedoras comprendieron que la paz no podía construirse únicamente sobre equilibrios militares. Era necesario crear instituciones, reglas y espacios de cooperación que hicieran menos probable una nueva confrontación entre grandes potencias. Los acuerdos de Bretton Woods (1944) y la Carta de Naciones Unidas (1945) nacieron de una misma convicción: cuando las naciones sólo persiguen su propio poder, tarde o temprano terminan chocando; cuando construyen instituciones comunes, pueden competir sin destruirse. En otras palabras: el multilateralismo no nació por idealismo, sino por pragmatismo.

Fruto de todo ello, nunca en la historia tantos seres humanos han salido de la pobreza en tan poco tiempo. Y más tras la caída del muro de Berlín. Entre 1990 y 2019 alrededor de 1.300 millones de personas (el 38% de la población mundial) abandonaron la pobreza extrema, quedando ésta reducida al 8,5%, y doblando la velocidad de reducción de décadas anteriores. La esperanza de vida ha aumentado de forma espectacular. El acceso a la educación, la sanidad, la alimentación o la tecnología se ha extendido a una escala nunca vista.

La apertura comercial permitió el ascenso de nuevos países. Corea del Sur tenía en los años cincuenta niveles de renta similares a muchos países africanos; hoy es una de las economías más avanzadas y tecnológicamente desarrolladas del mundo. China pasó de representar una parte relativamente pequeña de la economía mundial en los años setenta a convertirse en la principal potencia manufacturera del mundo. India se ha convertido en una de las economías de mayor crecimiento del mundo y está llamada a ser una de las grandes potencias económicas del siglo XXI.

El éxito del sistema no consistió en enriquecer a Occidente, sino precisamente en permitir además que otros países prosperaran. Y, paradójicamente, el éxito de ese sistema es también una de las causas de las tensiones actuales.

La historia nos enseña que cuando una potencia emergente crece y desafía la posición de otra consolidada suelen aparecer temores, recelos y conflictos. Es la conocida “trampa de Tucídides”, popularizada por el profesor Allison, de Harvard. Pero lo más interesante que señala no es que 12 de los 16 ejemplos que analiza acabaron en guerra, sino las condiciones que permitieron evitar la guerra en los cuatro casos exitosos: existencia de instituciones fuertes; interdependencia económica elevada; liderazgo político prudente; mecanismos de negociación permanentes; aceptación parcial del nuevo equilibrio de poder; y capacidad de ambas partes para identificar intereses comunes. Juzguen ustedes mismos si estas condiciones se dan actualmente entre los países líderes.

Precisamente por eso el debate actual resulta tan relevante. La cuestión no es si China seguirá creciendo, sino si Estados Unidos y China serán capaces de gestionar ese cambio dentro de un marco de reglas compartidas. La tendencia actual parece apuntar en dirección contraria: menos confianza en las instituciones internacionales y más imposición de intereses nacionales.

Ningún país puede ignorar sus intereses. Pero la experiencia de los últimos ochenta años demuestra que los intereses nacionales y la cooperación internacional no son incompatibles. Al contrario, gran parte de la prosperidad alcanzada descansa precisamente sobre esa combinación.

El Papa León XIV, nada más ser elegido, desde el balcón donde se presentó, nos envió un mensaje de paz para el mundo, mensaje que “en estos tiempos, por desgracia, resuena para algunos como ingenuo y para otros como provocador”. Lo ha dicho en Madrid a nuestros políticos referido a Europa. La verdadera lección de los últimos ochenta años no es que la cooperación sea ingenua. La verdadera lección es justamente la contraria: que la cooperación, las instituciones y las reglas compartidas han sido una de las inversiones más rentables que ha realizado la humanidad.

Dicen que el hombre es el único animal que cae dos veces en la misma piedra. Por ello, quizá el mayor riesgo de nuestro tiempo no sea el ascenso de nuevas potencias ni el cambio del equilibrio económico mundial, sino olvidar las razones por las que los que nos han precedido decidieron construir un orden internacional basado en algo más que la fuerza. Ocurre siempre: cuando olvidamos las lecciones de la historia, la historia suele encontrar la forma de recordárnoslas.

El autor es presidente del think tank Institución Futuro