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Tribuna

Inundaciones sin alerta suficiente

Inundaciones sin alerta suficienteEFE

Las devastadoras inundaciones registradas recientemente en Viana do Bolo, así como en otros municipios del interior de Galicia, deberían obligarnos a una profunda reflexión colectiva. Afortunadamente, no ha habido que lamentar víctimas mortales, pero los daños materiales son enormes: viviendas destruidas, carreteras inutilizadas, vehículos amontonados por la fuerza del agua y aldeas parcialmente aisladas. Las imágenes recuerdan más a las consecuencias de una catástrofe natural de gran magnitud que a una simple tormenta de verano.

Es cierto que los servicios meteorológicos habían advertido de la posibilidad de tormentas intensas. Nadie puede afirmar que no existieran avisos. Sin embargo, también es evidente que ni la población ni muchas administraciones locales podían imaginar la dimensión real de lo que estaba a punto de suceder. Entre prever una tormenta y anticipar un escenario de devastación como el vivido existe una diferencia sustancial.

La pregunta que debemos hacernos no es si hubo alerta, sino si nuestras herramientas de prevención, comunicación del riesgo y preparación social son capaces de transmitir adecuadamente la gravedad potencial de fenómenos cada vez más extremos. Porque cuando los vecinos describen cómo el agua abrió boquetes en las viviendas, arrastró toneladas de barro y convirtió calles enteras en cauces improvisados, queda claro que estamos ante eventos que superan las referencias históricas con las que tradicionalmente hemos convivido.

El cambio climático está alterando la frecuencia e intensidad de los fenómenos meteorológicos extremos. Las olas de calor, las sequías prolongadas, los incendios forestales y las lluvias torrenciales ya no son episodios excepcionales y aislados; forman parte de una nueva realidad climática que exige nuevas respuestas. Cada verano recibimos avisos por temperaturas extremas. Cada año vemos cómo los incendios arrasan miles de hectáreas. Y, sin embargo, seguimos reaccionando con sorpresa cuando una tormenta transforma un valle entero en cuestión de minutos.

En el caso de Viana do Bolo existe además un factor agravante que no debe ignorarse. Los incendios forestales de los últimos años han reducido la capacidad de absorción del suelo y eliminado parte de la vegetación que actuaba como barrera natural frente a las escorrentías. Cuando una lluvia torrencial cae sobre un terreno degradado, el agua desciende con mucha mayor velocidad, arrastrando tierra, piedras, árboles y todo aquello que encuentra a su paso. El resultado es una combinación explosiva de vulnerabilidad ambiental y fenómeno meteorológico extremo.

Pero el verdadero problema es más profundo. Durante demasiado tiempo hemos entendido la gestión de emergencias como una responsabilidad exclusiva de las administraciones y de los servicios de protección civil. Sin embargo, la reducción del riesgo de desastres es una tarea compartida que requiere la implicación de toda la sociedad.

No podemos limitarnos a recibir avisos meteorológicos y continuar con nuestra rutina como si nada ocurriera. Tampoco podemos permanecer sentados cómodamente en el sofá contemplando un partido de fútbol mientras los riesgos crecen silenciosamente a nuestro alrededor. Necesitamos una ciudadanía más informada, más preparada y más consciente de las amenazas que afectan a su territorio.

La cultura de la prevención sigue siendo una asignatura pendiente. Sabemos reaccionar ante la emergencia, pero seguimos sin invertir suficiente esfuerzo en anticiparnos a ella. Conocemos los riesgos, pero rara vez participamos en simulacros, planes de autoprotección o iniciativas comunitarias de preparación. Esperamos que las administraciones actúen, pero olvidamos que la resiliencia comienza también en cada hogar, en cada barrio y en cada municipio.

La experiencia de Viana do Bolo debe servir como una llamada de atención. No basta con mejorar las predicciones meteorológicas. Es necesario reforzar los sistemas de alerta temprana, adaptar las infraestructuras a los nuevos escenarios climáticos, restaurar los ecosistemas degradados por los incendios y promover una verdadera educación para la gestión del riesgo. La información debe llegar a la población de forma clara, comprensible y orientada a la acción.

Porque el desafío ya no consiste únicamente en predecir las tormentas. El verdadero reto es preparar a la sociedad para convivir con fenómenos cada vez más intensos y menos previsibles. Las inundaciones de estos días han dejado una lección dolorosa, pero también una oportunidad. La oportunidad de abandonar la falsa sensación de seguridad y asumir que la prevención, la preparación y la participación ciudadana son hoy más necesarias que nunca.

Las administraciones locales deben extraer también una lección fundamental de estos acontecimientos. Casos recientes como la DANA que afectó a la Comunidad Valenciana o las inundaciones repentinas registradas en Texas, donde jóvenes que participaban en actividades de campamento fueron sorprendidos por una crecida súbita de las aguas, evidencian que incluso los sistemas de alerta meteorológica más avanzados tienen limitaciones. La atmósfera es un sistema extraordinariamente complejo y dinámico, capaz de generar fenómenos cuya evolución supera en ocasiones la capacidad de predicción disponible. Aunque los modelos meteorológicos, los radares y los sistemas de aviso mejoran continuamente, todavía no siempre es posible determinar con absoluta precisión dónde, cuándo y con qué intensidad se desencadenarán determinados episodios extremos. Por ello, los municipios no pueden basar toda su estrategia de protección únicamente en la recepción de alertas. La planificación preventiva, la identificación de zonas vulnerables, la actualización permanente de los planes de emergencia, la formación de la población y la preparación para escenarios más severos de los previstos deben convertirse en elementos centrales de la gestión del riesgo.

El autor es director gerente de TESICNOR