Síguenos en redes sociales:

La carta del día

Leticia Sabater y el bombero torero

Leticia Sabater y el bombero toreroLeticia Sabater

Recuerdo que, de crío, mi padre me llevaba a la plaza de toros, en vísperas de San Fermín, a ver al bombero torero.

En aquella Iruña de principios de los años ochenta, aquello era todo un acontecimiento. Guardo en la memoria las carreras, las piruetas y los saltos de aquellas personas pequeñas esquivando a los novillos. Entonces me parecía algo extraordinario, casi heroico. Era un espectáculo que formaba parte del paisaje de una época y de una manera de entender el entretenimiento que hoy contemplamos con otros ojos.

Todo tiene su tiempo. Y, aunque los valores cambian, he de reconocer que, para mí, aquel oficio me parecía digno. Al fin y al cabo, para muchas de aquellas personas era una de las pocas oportunidades de ganarse la vida en una sociedad que les ofrecía muy pocas alternativas. Desconozco si hoy están mejor o peor. Imagino que las restricciones y los cambios de sensibilidad social habrán reducido aún más los espacios donde pueden desarrollar determinadas actividades.

La cuestión de la dignidad es compleja. Lo que para unos resulta humillante o degradante, para otros puede ser una elección legítima o incluso una forma de reivindicación. No siempre es sencillo distinguir dónde termina la libertad individual y dónde empieza la explotación, especialmente cuando observamos la realidad desde la comodidad de nuestras propias convicciones.

A esa dificultad se suma otro ingrediente: lo políticamente correcto y su aplicación, a menudo desigual; la libertad personal y sus límites; las distintas varas de medir que utilizamos según quién sea el protagonista de la historia. Todo ello alimenta un debate interno para el que no encuentro respuestas definitivas.

Y quizá por eso cada vez cuesta más opinar. Porque vivimos tiempos en los que expresar una duda o una reflexión puede convertirte, de inmediato, en sospechoso de algo. El miedo a ser etiquetados, juzgados o encasillados ha terminado por empobrecer muchas conversaciones.

No sé si Leticia Sabater es una especie de bombero torero contemporáneo. La comparación puede parecer exagerada, pero hay algo que me lleva a pensar en ella. Lo digo porque he escuchado a personas que se desplazaban expresamente para asistir a sus actuaciones y ninguna de ellas hablaba de música, de talento artístico o de emoción estética. Ni siquiera conocían sus canciones.

Iban por otra cosa.

Iban a reírse de ella.

Iban a participar de la burla colectiva. A comentar su aspecto físico, su edad, su manera de expresarse. A formar parte de esa multitud que encuentra placer en señalar al diferente, en convertir a una persona en caricatura y en espectáculo. Ese viejo impulso humano que adopta distintas formas según la época, pero que nunca termina de desaparecer. El gorileo.

Y entonces surge otra voz dentro de mí. Una voz que me recuerda que ella sabe perfectamente lo que hace. Que probablemente conoce el papel que representa y que, en última instancia, ha encontrado una manera de vivir de ello. Tal vez sea así.

Pero hay algo que sigue incomodándome.

Me incomoda que este tipo de eventos reciban subvenciones públicas destinadas a la cultura y que, además, sean gratuitos para el público. Recuerdo que, cuando mi padre me llevaba a ver al bombero torero, quienes asistían pagaban su entrada. Nadie esperaba que aquel espectáculo fuera financiado por todos.

Por eso me cuesta aceptar que se destinen recursos públicos a propuestas cuya principal atracción parece residir en la mofa o el esperpento, mientras conozco músicos extraordinarios, vocalistas brillantes e instrumentistas de enorme talento que sobreviven con enormes dificultades para poder seguir dedicándose a su arte. Personas que crean, estudian, ensayan y enriquecen la vida cultural de esta ciudad, y que apenas encuentran apoyo.

Quizá el problema no sea Leticia Sabater.

Quizá el problema sea qué entendemos hoy por cultura y qué estamos dispuestos a financiar en su nombre.

El autor es ARTivista y obrero del metal